miércoles, 26 de agosto de 2026

LOS COCOTEROS

Conocí poco a mi tío Alfonso, lo vi unas cuantas veces antes de que muriera, ocurrió justo en el mismo año en el que yo terminé la secundaria. Sabía que era un hombre de letras, que escribió varios poemas, algunos cuentos y una larga novela: “La Sangre de la Mujer Culebra”, que resultó un fracaso en ventas. Mi mamá lo llamaba Ponchito y, a pesar de ser su primo hermano, no le tenía demasiado afecto. Otros miembros de la familia tampoco lo apreciaban mucho, lo consideraban atolondrado y sin cabeza para los negocios. Nunca se casó y pasó sus últimos años en un aislamiento casi total. Así pues, durante mis primeros quince años de vida, el tío Alfonso no fue más que una figura borrosa de andar encorvado y lentes de mucho aumento, con quien coincidí en unas cuantas navidades y celebraciones de año nuevo. Todo cambiaría tras la venta de garage que realizamos poco después de la muerte de la abuela, hace cuatro años. Entre las cosas a vender estaba un viejo escritorio de caoba, desvencijado y cojo, el cual resultó ser aquel en el que se sentaba el tío Alfonso a escribir los oscuros relatos que jamás le dieron gloria en vida. Fue una afortunada circunstancia la que hizo que aquel mueble fuera adquirido, por una joven estudiante de literatura que estaba realizando un posgrado en la universidad. Así, ocurrió que esta chica de pasión inusitada por las letras, dio a conocer la obra de mi tío Alfonso, cuya mayor parte, incluyendo una segunda novela, había permanecido inédita hasta entonces. “La Senda de las Bestias” se convirtió de forma automática en un best seller, incluso le hicieron una adaptación cinematográfica, la cual recaudó una taquilla más que respetable. Sus cuentos, poemas y aforismos se volvieron célebres y, de pronto, todos los estudiantes de literatura y creación literaria querían tomarlo, ya sea como tema de investigación para su tesis de licenciatura o como inspiración para sus propios textos. Esta euforia por mi tío escritor también me contagio, no así a mi madre, que notoriamente lo seguía desdeñando: “Ni que fueran gran cosa esas historias de Ponchito. Hadas, brujas, monstruos, y no sé qué tanta mafufada, yo personalmente nunca les encontré el mayor chiste.” Muchos enigmas y claves ocultas en aquellos tortuosos párrafos intrigaban tanto a críticos como a lectores, pero ninguno ejercía el mismo poder de fascinación que el “La Dama de las Alas de Cristal”, hermética figura femenina que aparecía en la mayor parte de aquellas narraciones, impregnándolas de un erotismo oscuro y punzante. Lo cierto es que la identidad de la persona que había dado origen a “La Dama de las Alas de Cristal” comenzó a obsesionarme también y, como mi madre apenas si me daba vagas informaciones sobre la vida y obra de mi tío, decidí investigar por mi cuenta. Primero acudí a mi tía Eufrosina, prima hermana de mi madre, quien me informó que tanto ella como mi tío Alfonso habían pasado algunos de sus años de infancia y adolescencia en un rancho llamado “Los Cocoteros”, ubicado en el sureste del país. “Allá todavía debe de vivir familia, tal vez ellos te puedan dar más información”, fue el consejo de mi tía Eufrosina. Partí hacia el sureste a finales de mayo. En el aeropuerto local me recibió mi tío Clemente. Un hombre gordo de carácter dicharachero, quien decía ser hermano menor de mi abuela Constancia. Él me llevó en una camioneta pick up al rancho, ubicado en las inmediaciones de una inmensa laguna en la que todavía podían encontrarse, a decir de mi tío, algunos cocodrilos y boas constrictoras, aunque muchos menos de los que la infestaban en su ya lejana infancia. La casa grande, ubicada entre macizas palmeras y humedales repletos de juncos y nenúfares, era un edificio antiguo y ruinoso, con la fachada pintada de azul claro y un par de altas columnas blancas ubicadas frente a la entrada principal, una ancha puerta, un tanto desvencijada, clausurada por una aldaba con forma de cabeza de león. Para entonces, ya sólo vivían ahí Clemente, su hijo Ramiro y la esposa de este, Silvana. Eran ellos dos una pareja curiosa, pues mientras Ramiro, al igual que mi tío era blanco como el yeso, su mujer tenía la tez muy oscura, herencia, sin duda, de los pueblos originarios de la zona. Los días en “Los Cocoteros”, sin demasiado que hacer, se tornaban largos y espesos, y sólo al caer la noche, cuando mi tío Clemente y su hijo se sentaban para cenar en el amplio comedor de caoba los exóticos platillos preparados por Silvana, el vetusto caserón parecía despertar de su letargo tropical. “Así que Ponchito se hizo escritor”, afirmó Clemente cuando le pregunté sobre la infancia de mi ahora famoso tío, “no me sorprende en lo más mínimo, siempre tuvo una imaginación desbocada”. “¿Por qué lo dice?”, inquirí con curiosidad. “Nos tenía locos a todos con sus historias de aparecidos y duendes, además solía decir que había encontrado un antiguo ídolo de jade en una de sus caminatas por la selva, y qué este, cada noche le hablaba con una voz cavernosa y escalofriante que el chico imitaba muy bien.” Una tarde, mientras todos en la casa dormían la siesta, me aventuré a dar, por primera vez a solas, un recorrido por el antiguo caserón”. Estaba indagando entre vetustos armarios y baúles, cuando encontré, en el fondo de un cajón, una gruesa libreta, que tenía por título en su primera página: “La Dama de las Alas de Cristal”. Intrigada, comencé a leer, aquí cito el primer párrafo del texto: “Yo creía ser feliz hasta el día en que te conocí, cuando llegaste a Los Cocoteros esa lustrosa mañana de otoño. Apenas te vi, aferrada al brazo de tu padre, pude darme cuenta de que no eras un ser de este mundo… en tus ojos había algo feérico, incandescente, por completo sobrehumano…” Aparentemente Ponchito se había enamorado a primera vista de la nueva huésped de la finca, quien para ese momento debía de tener unos trece o catorce años. El futuro escritor, debía de tener dieciséis. Ya estaba sobre la pista de la verdadera identidad de “La Dama de las Alas de Cristal” y, por supuesto, no iba a soltarla. “Todo, incluso buscar salamandras, nadar en el río o beber una refrescante jícara de pozol al mediodía, perdió interés para mí. Entonces mi única alegría consistía en aquellos breves instantes en que tú, mariposa prodigiosa, osabas posarte ante mis ojos”. La joven musa, con su elegancia y donaire debió haber hechizado de manera inaudita al rústico aspirante a escritor, hundiéndolo en la ciénaga de los sentimientos no correspondidos. “Yo no estaba acostumbrado a tratar con personas de la ciudad y creo que mis modos pueblerinos no ayudaron para que yo generara simpatía en tu corazón y tu alma. Por más que intentaba agradarte, ninfa prodigiosa, no lograba superar la elevada muralla de tu indiferencia”. Iba a seguir leyendo aquellas notas impregnadas del amargo aroma del desamor, cuando Ramiro me llamó desde la puerta: “Hora de cenar, prima, será mejor que bajes antes de que papá se acabe el último tamal.” Así lo hice, no sin antes llevar conmigo la libreta. Aquella noche mis sueños fueron inquietos. Caminaba por la selva en la oscuridad, a cada paso se escuchaban múltiples sonidos de criaturas: chicharras, murciélagos y lechuzas, todas estaban ahí, aunque mis ojos no pudieran verlas. El cielo estaba nublado y apenas de cuando en cuando asomaba un breve fragmento de luna amarillenta. Entonces el persistente ruido de un tambor lleno la escena y, a lo lejos, se elevó una densa humareda, provocada por las llamas de una fogata encendida en las profundidades del bosque tropical. El tambor parecía haber hipnotizado a los habitantes de la selva, que se habían hundido en el silencio, yo entre tanto, me abrí paso a través de la vegetación hasta llegar a un claro. Ahí se elevaba una enorme pirámide, al pie de esta, con las ropas deshilachadas y los lentes rotos, se encontraba un hombre de mediana edad, golpeando frenéticamente un tambor. “¡Tío Alfonso!”, llamé varias veces, pero el aludido permaneció absorto en su labor, sin que le afectara mi presencia. Entonces, del nivel superior del templo, sobre cuya fachada se cincelaban las fauces de un animal fantástico, mezcla de jaguar y serpiente, apareció una figura femenina, la cual estaba cubierta por una capucha marrón. “¡La Dama de las Alas de Cristal está aquí!” gritó el escritor eufórico muchas veces. La silueta, de cuerpo esbelto y andar pausado, estaba a punto de quitarse la capucha que ocultaba su identidad cuando, para mi infinito desencanto, desperté de golpe. El siguiente día lo pasé recorriendo los alrededores de “Los Cocoteros”: lagunas, ríos y pantanos, en compañía de mi primo Ramiro. Él se esforzó por hacer mi recorrido lo más ameno posible, exaltando las curiosidades geológicas y la fauna exótica del lugar, sin embargo yo me sentía distante, ajena a su entusiasmo. Cuando regresamos a la finca, ya avanzada la tarde, me encerré en mi cuarto, ávida de continuar leyendo la libreta de mi tío escritor. “Mi Dama de las Alas de Cristal se quedará más tiempo del pensado en “Los Cocoteros”, pues al parecer su padre, tiene todavía asuntos que arreglar en la zona. La feroz rabieta que hizo mi musa al enterarse de que aún le tomará tiempo volver a su vida citadina, fue un hecho descorazonador para mí. Estaba verdaderamente furiosa, pareciera que detesta todo aquello relacionado con mi querido hogar, incluyéndome a mí”. Sentí pena por mi tío Alfonso, que amargos sufrimientos debió haber traído a su apacible vida aquella bella niña caprichosa, llegada de la gran metrópoli. No obstante, aquella “musa” también debió ser esencial para forjar su carácter de hombre de letras. “Dos días más tarde la encontré llorando en los establos. Lucía frágil como una luciérnaga y pese al constante rechazo con que siempre me recibía, en esta ocasión decidí acercarme”. Emocionada por mis descubrimientos, no me percaté de que se me había pasado la hora de cenar. Cuando llegué, ya sólo estaba Ramiro en el comedor. Me informó que mi tío Clemente se hallaba indispuesto a causa de la gota y que Silvana se había ido a dormir temprano, sin cenar. La plática con mi primo fue entrecortada y torpe. Sentía su exacerbado deseo de que su compañía me fuera agradable, pero yo no podía sentir otra cosa que una profunda indiferencia hacia él. Esa noche tuve otros sueños tumultuosos, de lo que alcancé a recordar es que la mujer encapuchada, “La Dama de las Alas de Cristal”, hacía callar los tambores y, con un ademán, me invitaba a seguirla al interior del recinto en lo más alto de la pirámide. Apenas crucé el umbral, me encontré en la habitación de mi infancia. Allí estaban mis útiles escolares, mis juguetes, mi primera cama, tantas cosas que ya casi había olvidado. Entonces, cuando le iba a preguntar a la encapuchada qué relación tenía con mi remoto pasado, desperté. El día siguiente lo pasé otra vez en compañía de mi primo, esta vez recorriendo la plantación, sin embargo, poco me interesaba el recorrido y, menos todavía, su cháchara, yo sólo deseaba volver a los recuerdos de mi tío Alfonso, a la incógnita que me agobiaba, la identidad de “La Dama de las Alas de Cristal”. Ya por la noche, mientras yo intentaba llegar a mi habitación, oí que Ramiro y su mujer discutían. “He visto cómo la miras, no la quiero aquí”, escuché decir a Silvana más que molesta. “No tienes nada que temer de ella…” balbució Ramiro. “Es de tu familia y eso es más que suficiente para no quererla en “Los Cocoteros”, que se vaya”. Al escuchar tales palabras entendí que mi presencia ya no era bienvenida. Que de alguna manera causaba celos a Silvana, aunque yo no sentía ninguna atracción por mi primo. Preferí evitarme complicaciones y, ya con la libreta del escritor en la maleta, abandoné la casa a la mañana siguiente. Volví al clima fresco de la ciudad en unas pocas horas. Cuando crucé la puerta de mi hogar, mi madre acudió a recibirme. Enseguida me preguntó: “¿Encontraste lo que estabas buscando sobre Ponchito?” Le respondí que todavía no, y su semblante pareció aligerarse con la noticia. Después me pidió que la acompañara a realizar unas compras al centro comercial y me tuvo toda la tarde entretenida, hasta que al fin, después de cenar, pude volver a la obsesiva lectura de la libreta de mi tío. “Mi musa y yo compartimos un momento íntimo en los establos, separándonos tan sólo cuando oímos nuestros nombres en la voz del capataz. Resolvimos no dejar evidencia de que habíamos pasado juntos aquellas horas y en público seguimos fingiendo que no había ninguna comunión entre nosotros. En privado, sin embargo, nuestros encuentros se hicieron muy frecuentes y nuestros labios se juntaron una y otra vez”. Así que después de todo, el joven escritor se había ganado el corazón de su musa citadina. No puedo negarlo, el hecho me sorprendió. Continué con avidez la lectura de aquellas páginas: “Caminatas a pie por la finca, paseos a caballo por los campos, recorridos en lancha a través de los manglares, desde la clandestinidad, hicimos nuestra toda la región de los pantanos. Nuestros cuerpos se encontraron innumerables veces, volviéndonos expertos en el arte del amor, la vida parecía habernos destinado toda la miel de la existencia…” Las siguientes páginas de la libreta estaban arrancadas, Pero sin duda algo o alguien había interrumpido aquel romance en el paraíso. Lo que pude leer después, fue: “Sí, sí volví a buscar a la Dama de las Alas de Cristal otra vez. Muchos años más tarde, cuando acababa de firmar el contrato para publicar mi primera novela en una editorial de la gran ciudad. Estaba ansioso por volver a verla y darle la feliz noticia. Averigüé su dirección, toqué a su puerta. Me abrió ella misma, iba cargando una preciosa niña de pocos meses. Nunca olvidaré el horror que se dibujó en su rostro cuando me vio. Enseguida, la puerta se cerró con un ruido atroz.” Qué horrible decepción debió haber sufrido el escritor cuando al fin, después de tantos años pudo reunirse con su amada. Era de esperarse que para entonces ella se hubiera olvidado de su idílico amor juvenil, pero no tenía que haberse portado tan severa con él. No había más información. Ya conocía algunos de los secretos de mi tío Alfonso, el romance que impulsó de forma decisiva su vocación de escritor. Sin embargo, había fallado en revelar lo más importante, la identidad de la musa, de la “Dama de las Alas de Cristal”. Estaba como al principio de mi búsqueda, sin ninguna pista. Algunos días después, mientras intentaba asumir mi fracaso, tuve otra vez el sueño de la pirámide. La mujer encapuchada volvió a aparecer en él. Esta vez la seguí al interior del templo y la increpé en busca de respuestas. Quise quitarle la capucha que le ocultaba el rostro, pero opuso resistencia y, tras zafarse de mis manos, escapó entre la oscuridad. Yo caminaba de vuelta a la salida, cuando tropecé con algo que la desconocida había dejado caer, una diminuta llave de plata. La mañana siguiente desayuné sola. Aprovechando la ausencia de mi madre, entré a su habitación. En el fondo de uno de los cajones de la cómoda, entre aretes, collares y un pequeño espejo, estaba la peculiar llave que había visto en mis sueños. Entonces recordé el cofrecillo que siempre estaba sobre la mesita de noche, pequeño, coqueto, también hecho de plata. Lo tomé con manos temblorosas y, tras varios intentos, pude abrirlo. Una fotografía de color sepia se deslizó hacia la alfombra marrón. La levanté y acerqué mis ojos para mirarla con detalle. Un escuálido muchacho de anteojos y cabello alborotado, abrazaba por detrás a una joven rubia con rasgos de princesa, al tiempo que la besaba tiernamente en la mejilla. Abajo, una fecha: “Los Cocoteros”, marzo 1972. El misterio estaba resuelto, había descubierto la identidad de la “Dama de las Alas de Cristal”, pero mi infortunio era tremendo, no podría compartir el secreto con nadie, nunca.

No hay comentarios:

Publicar un comentario