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miércoles, 26 de noviembre de 2025
MUNDO MARINO
Los días aquí son breves y hermosos; en el Instituto, en cambio, son largos y grises. Aquí hay belleza, olores agradables, el aire es fresco y huele a coco. Allá todo es nauseabundo, oscuro y ruin. Sólo estaré aquí una semana, disfrutando de la playa y el mar. Pronto volveré a esa horrible prisión llamada Instituto.
Mi papá me trae al puerto una vez al año, por siete días, y esos son los únicos que valen la pena. Antes, cuando vivía mamá, había más luz en la vida cotidiana, tras unas cuantas horas de tormento escolar, podía correr a verla, abrazarla y disfrutar de sus deliciosos guisos. Ahora, en cambio, sin ella, debo contentarme con este puñado de días felices, pues el resto del año mi papá, por su trabajo y su nueva novia, no tiene tiempo para mí.
Un día aquí es bonito. Nos despertamos temprano y vamos al restaurante a desayunar. Pido un jugo de naranja, un batido de chocolate y muchos, muchos waffles. Después, papá y yo damos una larga caminata por la playa y, ya que está cansado, alquila una palapa y llama a su novia o se hecha una siesta bajo el techo de paja. Yo, entre tanto, gozo al sentir la tibia agua del mar cubriendo mis pies. A veces llegan olas grandes, a veces incluso me revuelcan, pero no hay incomodidad, no hay molestia, sólo un pequeño precio por gozar de toda esta arenosa felicidad.
Después vamos a comer pescados empanizados, acompañados de una Coca bien fría, y antes de dormir, subimos al cuarto a ver una película o algo interesante en la televisión. Con cada anochecer, sin embargo, mi angustia crece, el tiempo en paraíso se acorta, pronto volveré a ser un prisionero.
La cárcel (también llamada Instituto) es un lugar triste, rodeado de paredes muy altas. No hay libertad para hacer nada. Tienes que estar todo el tiempo siguiendo las órdenes del director, del prefecto, de los profesores y mi mano se cansa de tanto escribir. Me gusta la Historia, pues en ella se narran las hazañas de grandes personajes de otros tiempos, también la Literatura y sus leyendas de anillos mágicos y tesoros escondidos, además de la Geografía, con sus manglares, estuarios y lagunas, que me hacen divagar con otras latitudes, otros paisajes. Pero el resto de las materias escolares, en especial todo lo que se relacione con Álgebra y Matemáticas, me resulta incomprensible, tedioso, insoportable. Por si fuera poco, mis compañeros de salón hacen de mi día un día un tormento, si no se están burlando de mí por cualquier mínimo error que cometo en clase como deletrear mal una palabra o no atarme los zapatos, me ponen apodos ofensivos: “Autista”, “Mongolito”, “Cabeza de Alien”, me ridiculizan con las niñas o amenazan con golpearme si no les paso la tarea o si no les doy el dinero de mi lunch. Alonso, Mauricio, Eduardo, Julián, se vuelven en mi imaginación los nombres de siniestros engendros enviados por un dios maligno para complicarme aún más las cosas en ese horrendo lugar.
Es el penúltimo día en el paraíso y ya está oscureciendo. La ansiedad se abre camino por mi espalda a paso veloz. Mientras me preparo para bañarme después de una hora de nado vespertino, salgo un momento al balcón. La bahía se muestra ante mí enigmática y oscura. Frente al hotel se alza una pequeña isla y sobre ella las ruinas de una torre muy alta. “¿Qué es eso?”, le pregunto a mi papá, quien ha dejado un rato su laptop para respirar un poco de aire fresco. “Es Mundo Marino, un antiguo parque de diversiones que había aquí en el puerto, todavía funcionaba cuando yo era un niño como tú”.
Recorro un pasadizo largo y oscuro, el piso está cubierto de agua y, mis pies son acariciados por pequeños y brillantes peces. En el techo hay muchos agujeros que no paran de gotear. Colgados en las paredes hay retratos de barcos y paisajes marinos. De repente la fuerza de la corriente aumenta y sin que yo pueda hacer nada para evitarlo, me deslizo varios metros hasta caer por una pequeña y ruidosa cascada.
Me levanto todo empapado. Aquí el agua me llega hasta la cintura. Todo está oscuro. Entonces comienzo a escuchar una voz, dulce y melodiosa como la de una princesa de cuento: “No tengas miedo, ven a mí”.
Sin poder ver nada, me aferro a las paredes húmedas, como un ciego que ha perdido su lazarillo. La voz, que repite las mismas palabras una y otra vez, se hace más fuerte. Voy por el camino correcto. Poco después, aparece ante mí una pequeña luz.
Ya con menos miedo, avanzo hasta llegar a una habitación redonda. Las paredes están decoradas con las siluetas de ballenas, tiburones, mantarrayas, y otros animales marinos. En medio hay un trono, en él está sentada una mujer alta y rubia, con profundos ojos azules, nariz respingada y labios color carmín. En vez de piernas, tiene una larga y plateada cola de pez.
“Tú quieres algo”, afirma la Princesa de los Mares, que así se dice llamar. “¿Cómo lo sabes?”, pregunto. “Cumpliré tu deseo si me traes algo muy valioso para mí”. “¿Qué es lo que necesitas?”, cuestiono. “Un coral con forma de delfín, me lo debes traer antes de que salga el sol”.
Abro los ojos y me dirijo hacia el balcón. Ahí, ante el sol naciente, miro la descascarada torre del “Mundo Marino”, es ahí a donde debo ir, pero antes tengo que encontrar lo que ella me pidió.
Toda la mañana, mientras mi papá trabaja en su laptop, yo recorro la playa en busca de un coral con forma de delfín. Pasan las horas y nada. Mi papá dice que pronto será hora de ir a comer. Yo escudriño la arena, me pongo el visor y el snorkel, entro al agua, las olas me revuelcan, pero el resultado es el mismo, nada.
Voy con mi papá al restaurante de mariscos. Pienso que mañana, en menos de 24 horas estaré volando de nuevo a la ciudad. El lunes será otra mañana como cualquier otra en el Instituto. Las obligaciones, las clases, las tareas. Enseguida recuerdo las grotescas caras de mis odiosos compañeros, sus burlas, sus risas, y se me revuelve el estómago, pierdo el más mínimo rastro de hambre.
“¿Qué te pasa, no te vas a comer tu filete de pescado?”, pregunta mi papá. Yo niego con la cabeza y camino hacia la playa, que está a unos pasos del restaurante. Mientras sumerjo los pies en la arena húmeda, una pequeña ola arrastra algo hacia mí. Es un coral de forma extraña, lo miro más de cerca, tiene nariz de botella, una aleta dorsal en forma de triángulo y cola como de pez. ¡Es un delfín! Todavía tengo esperanza, debo planear como llegar a las destartaladas ruinas del mundo marino antes de que salga el sol.
Casi es la media noche cuando mi papá se queda dormido en el sillón. La televisión sigue sonando, se habla en el noticiero de que por la noche habrá tormenta. Trato de hacer el menor ruido posible cuando tomo la llave del cuarto, colocada sobre la mesita de noche. Llevo conmigo mi mochila de viaje, en su interior guardo un sándwich de atún, una linterna y por supuesto el coral con forma de delfín.
Bajo los seis pisos del elevador. Todo el hotel está silencioso. En el lobby, un recepcionista distraído no se da cuenta de que salí.
Pese a la oscuridad, el calor tropical pega fuerte. Estoy sudando, tal vez sea la ansiedad. Las calles del puerto están iluminadas, gente risueña y evidentemente borracha camina despreocupada afuera de las discotecas. Procuro pasar desapercibido.
Cuando llego a mi destino, bajo hacia la playa, la entrada está cerrada con candado, pero los barrotes son amplios y me introduzco entre ellos, sólo es cuestión de quitarme un momento la mochila y ya.
Delante de mí, ruge el mar. Más allá de las olas, se aprecia la pequeña isla y miro la alta torre negra, donde mi destino espera. Mi dilema es fuerte, ¿cómo voy a llegar?
Una barca de pescadores, medio destartalada, está volcada sobre la arena, con mucho esfuerzo la muevo. Tengo suerte, uno de sus remos todavía funciona, será suficiente para llegar a la isla.
La corriente es fuerte y me cuesta mantener la barca en la dirección correcta, sobre todo porque desde que salí del hotel la fuerza del viento ha crecido mucho, sin embargo mi voluntad de entregarle el delfín de coral a la Princesa de los Mares es más fuerte. Una vez que se lo dé, mi deseo se hará realidad.
La barca choca contra la playa rocosa de la isla y yo tengo que saltar para no caerme. Me lleno de moretones y heridas, pero estoy bien, no es nada serio. Enfrente de mí, se alza la torre negra, sus ventanas son redondas, como las claraboyas de los barcos. Subo las piedras, encuentro una entrada con un letrero con letras casi borradas que dice: “Bienvenidos a la magia de Mundo Marino, un lugar para ser feliz.”
Sigo mi camino. El lugar está lleno de vitrinas vacías y peceras cubiertas de moho. Un esqueleto de tortuga allí, la mandíbula de un tiburón blanco acá. Guiado por la luz de mi linterna, subo la tortuosa escalera con forma de caracol.
En el piso de arriba hay mapas y maquetas de barcos, en el de más arriba maniquíes que representan marinos, piratas y… una sirena.
Altiva, rubia, con ojos azules, nariz respingada y labios color carmín, es, sin duda la Princesa de los Mares. Está sentada sobre una roca falsa, adornada por algas, corales y una estrella de mar. Sus dos manos se hallan frente a la cara, abiertas, juntas, como si esperaran con ansiedad recibir el obsequio anhelado.
Entonces abro el cierre de mi mochila, saco el pedazo de coral, miro sus contornos de cetáceo, en verdad parece un delfín. Los ojos de la Princesa de los Mares lucen implorantes. Sin esperar un segundo más lo deposito en sus manos de porcelana.
Entonces se escucha un rugido pavoroso. Es el viento. Las paredes del Mundo Marino crujen y, presintiendo que todo va a desmoronarse, salgo de ahí a toda velocidad.
Mientras bajo las escaleras, miro como las grietas del techo crecen y de ellas caen trozos de piedra múcara. Yo, sigo mi camino hasta llegar a la salida del ruinoso parque de atracciones.
Afuera el viento ulula de forma espantosa. Salto a mi barca, que ya está flotando sobre el mar. El remo sigue ahí, listo para que yo pueda utilizarlo en el regreso a la costa.
Intento remar, pero el océano se ha embravecido. De cuando en cuando se asoma la luna, aunque la tormenta no deja de hacerse más y más furiosa. Apenas he avanzado unos pocos metros cuando pierdo el remo. La madera del casco cruje y el agua comienza a inundar la lancha. Las olas chocan con fuerza contra las piedras de la isla, mientras que la playa todavía está muy lejos. Mi papá tal vez siga dormido, o tal vez me esté buscando. Creo que ya no nos volveremos a ver.
Abro los ojos y no entiendo nada, estoy en la playa pero no puedo moverme. Me encuentro atrapado en la arena. Intento hablar, pero de mi boca no sale más que un largo silbido incomprensible. Estoy desesperado, pues no siento mis brazos o piernas, sólo unas formas extrañas que no me sirven en absoluto para salir de la situación de atasco en que me encuentro. Se van las nubes, sale la luna y las olas aumentan su intensidad. Se hacen más y más fuertes hasta que liberan mi cuerpo y lo arrastran, sin que yo pueda hacer nada para evitarlo, hacia la profundidad del abismo.
Debía haber muerto, pero sigo en este mundo. No puedo respirar, pero mis pulmones parecen resistir mucho tiempo bajo el agua. Ni frío ni miedo, la temperatura es agradable y, aunque no llevo visores, la sal no lastima mis ojos. A mi lado abundan los peces de colores, los pulpos y las medusas. Después de unos minutos, cuando siento que el aire me falta, doy un salto fuera del agua y no puedo evitar silbar de alegría. Antes de sumergirme de nuevo, alcanzo a mirar la negra torre del Mundo Marino completamente en ruinas. La Princesa de los Mares ha cumplido mi deseo, soy libre.
martes, 12 de agosto de 2025
EL RUNCHO
Por Francisco Güemes Priego
1
Yo solía ser un niño normal, jugaba, estudiaba, reía. Nada me distanciaba de mis compañeros de escuela, que a causa de mi habilidad para trepar muros y escabullirme sin ser visto, me tenían respeto, incluso admiración. Sabía que mi abuelo materno no tenía buena fama, que lo habían expulsado del pueblo por alguna oscura razón. Por ahí escuché un día que había gente que lo consideraba un monstruo. Pero yo creía que no tenía de que preocuparme, yo no lo había visto desde que era un bebé, no sabía dónde vivía, no recordaba ni su rostro, ni su voz.
Mis padres, por otra parte, eran amorosos y convencionales. No parecían guardar ningún secreto. A su lado todo era luminoso y feliz. Fue un año más tarde cuando el primer síntoma apareció. Noté que las uñas de mis manos y pies se habían hecho largas y gruesas, por más que las cortaba, de inmediato volvían a crecer. Luego los dientes, una mañana me desperté con un dolor espantoso en la boca y varias piezas dentales cayeron sobre el lavabo, para mi sorpresa, no me había quedado chimuelo, bajo cada pieza caída apareció un nuevo diente: pequeño, afilado, triangular.
Entonces, mis padres decidieron tomar cartas en el asunto. Fui revisado por varios médicos, pero todos estaban sorprendidos ante las singularidades que mi cuerpo mostraba. Durante los siguientes meses todo fue peor. Mi pelo se tornó crespo y cenizo, mi espalda se encorvó, una larga y desnuda cola comenzó a brotar de mi coxis sin lógica alguna.
Así, pues, para el momento en que cumplí 14 años, era todo un monstruo, una especie de anomalía que debía de ser mantenida oculta a cualquier costo. Salvo por algunas escapadas ocasionales, tras las cuales era castigado severamente, mi vida se tiño de la más impenetrable soledad.
2
Cuando los animales empezaron a ser devorados por las noches, el rumor comenzó a esparcirse por el pueblo. Había regresado El Runcho. Esa curiosa palabra me llevó a mi primera infancia, cuando mis padres solían asustarme con una extraña criatura de nombre estrambótico para que hiciera mis deberes, comiera mis vegetales o me durmiera pronto. Parecía sólo un cuento para espantar críos y, sin embargo, podía palparse en el pueblo, un creciente terror, en especial cuando las muertes en los establos y corrales comenzaron a multiplicarse de forma inexplicable.
Siempre he sido curiosa y solitaria, más desde que Jorge, mi único amigo de la infancia, consiguió una beca y se marchó a estudiar al extranjero. Así, me escabullía con frecuencia a la hemeroteca para encontrar información sobre el temido Runcho. Después de varias tardes gastando mis ojos miopes ante diarios amarillentos, encontré alguna información, la cual condense de la siguiente manera:
"Cincuenta años atrás vivía en el pueblo un hombre apodado El Runcho, decían que era un chamán dueño de un gran poder. Podía asumir la apariencia de varios animales y bajo su disfraz, aterrorizar a la gente para siguiera sus designios. Qué era una especie de diablo al cual, incluso el presidente municipal le temía. Muchos estaban hartos de sus abusos, de sus amenazas y en una ocasión, mientras estaba echando una siesta, una multitud armada con antorchas rodeó su choza y, seguros de que El Runcho dormía, prendieron fuego al techo de palma y a las paredes de carrizo. Mientras su cuerpo se convertía en cenizas, el endemoniado lanzó un alarido al cielo, haciendo temblar de terror el corazón de todos los presentes".
No parecía más que un cuento fantástico. El Runcho había muerto en 1997. Tenía casi treinta años de haber sido quemado vivo. Ni siquiera sus cenizas debían de existir ya. Sin embargo, algo en el caso me intrigaba. Había visto yo misma los cuerpos de los perros presuntamente devorados por El Runcho. También había sentido el temor en los rostros de las personas de mayor edad. Debía seguir investigando.
3
Otra vez ese nombre maldito. Otra vez el miedo adueñándose de mis ovejas. Yo mismo fui quien instigó el dar fin a ese maldito endriago. No puede estar de vuelta. Así el tal Runcho sea el mismísimo Diablo, no puede regresar a la vida así como así, no puede.
Yo era entonces un joven recién salido del seminario. Al recibir el curato de este pueblo remoto, no pude sino llenarme de alegría, mi primer rebaño al cual conducir por la senda del Señor. Pero pronto me di cuenta de que algo maldito acechaba en esta región. Los viejos ritos paganos continuaban vivos en las manos de ominosos curanderos y brujos. El peor de todos era el conocido como El Runcho. Sus supuestos prodigios envenenaban la mente de mis confundidos feligreses. Debía desenmascararlo a como diera lugar.
Muchas veces lo expuse en el púlpito como un charlatán, un vulgar timador. Sin embargo, mi espina dorsal se estremeció de pavor cuando una noche pude mirar con mis propios ojos como aquel endemoniado se trastocaba en bestia. Había neblina y lluvia esa noche, la transformación no había durado más que unos pocos segundos, pero mis ojos no podían negar lo que vieron, el tal Runcho ya no era más un hombre, sino una especie de gigantesco roedor que caminaba en cuatro patas y poseía una larga cola desprovista de pelo, la cual utilizaba para robar los siniestros objetos que necesitaba para llevar a cabo sus conjuros infames.
4
La oscuridad me sienta bien. Yo quisiera ser como cualquiera de ellos, pero se bien que nunca lo seré. Con las extrañas formas de mi cuerpo me temen, me odian o ambas a la vez. Desearía que mi vida no se hubiera torcido de esta forma, que ahorita, pudiera ir a la escuela, jugar en las calles o dormir arropado por mis padres cada noche. También quisiera no verme obligado a lastimar a las gallinas, a los puercos, y a los perros, pero soy un ser vivo, y necesito alimentarme. Mi hambre, después de un cautiverio tan largo, se ha hecho voraz.
Ya quedan menos lugares donde yo pueda estar seguro. Las cuevas de la montaña, inexploradas y profundas son el mejor refugio, pero pronto vendrán los cazadores, mi nariz los detecta cada vez más cerca. Debo de hacer algo para alejarlos o eliminarlos. Siendo un monstruo, cuando me encuentren no tendrán piedad de mí.
5
El Runcho ha afectado mi desempeño escolar este semestre, nunca había tenido tanto desinterés en la escuela, pero es un tema del cual no puedo dejar de investigar. Ay, si Jorge estuviera aquí, resolveríamos este caso juntos. Pero apenas si tengo noticias de él. Creo que su nueva y emocionante vida en el extranjero lo ha hecho olvidarse de mí.
He encontrado nuevas pistas, la familia del antiguo, tenían un niño, se llamaba Rodolfo. Estudió la escuela primaria completa, pero durante el curso de primero de secundaria dejó de asistir a clases repentinamente, nunca se le volvió a ver. ¿Tendrá él algo que ver en este caso, o sólo será una simple coincidencia? Queda mucho por averiguar.
Mis escapadas nocturnas también han tenido algunos resultados, aunque no los que esperaba, sólo he encontrado que se mueve por la parte norte del pueblo, de la calle 11 a la 24, cerca del antiguo cementerio, su rastro de animales muertos lo confirma. Sin embargo, continuo sin encontrármelo cara a cara para así poder darle etiqueta de realidad al mito. Mis esfuerzos pronto darán fruto, estoy segura que sí
6
Esa chica me está siguiendo, tengo que hacer uso de mis más sofisticadas habilidades de camuflaje para poder evadirla. No sé por cuánto tiempo más podré hacerlo. Siento que debo urdir un plan para alejarla definitivamente. Una voz en mi cabeza me susurra una respuesta “haz lo que tengas que hacer, pero que no te encuentre”. No obstante, apenas imagino la posibilidad de eliminarla, me siento enfermo. Haré todo lo posible por mantener mi ubicación en secreto, no le haré daño.
7
¡Lo he visto! ¡Por fin lo he visto! El Runcho existe, he podido confirmarlo. Cómo había escuchado, es una especie de rata gigante. Pero al verlo incorporarse en dos patas, una sensación extraña me invadió, no parece un animal cualquiera. Hay un haz de inteligencia en su mirada. Casi me muero del susto al verlo saltar la barda del cementerio y quedar frente a frente con él a unos pocos metros de distancia. Pensé que se abalanzaría sobre mí y me causaría un gran daño, pero no, sólo me miró un instante con sus insondables ojos nocturnos y, regresando a su posición cuadrúpeda, se perdió entre la basura y la maleza de un baldío.
8
Es flaquita, usa el cabello tan corto como si fuera niño, su caminar es algo torpe y lleva los ojos velados por unas gruesas gafas con fondo de botella. Hay algo de intrigante en ella, no parece una chica como las otras. La voz me sigue susurrando que le dé un escarmiento, pero mi curiosidad hacia ella es más fuerte que mi instinto de supervivencia. Seguiré alimentándome de despojos y alimañas, no la lastimaré.
9
Endemoniada criatura, ya la he visto rondar por el cementerio, entre las cruces de piedra y el rostro enmohecido de los ángeles guardianes. Tal vez esté devorando cadáveres, o entregado a oscuros hechizos. He reunido a mis más leales seguidores. No dejaremos que el mal siga rondado por estos terrenos de Dios. Pronto la trampa estará lista y El Runcho dejará de atormentarme a mí y a mi fiel rebaño.
10
Esta noche otra vez me encontré con El Runcho. Estaba rondando de nuevo el cementerio. Al hallarnos frente a frente, quise atraerlo con un trozo de carne seca que llevaba en mi mochila. Por un momento nuestras miradas se cruzaron. No es un monstruo, hay algo de belleza, incluso de ternura, en su silueta disforme. Había dado un paso hacia mí, cuando una serie de atronadores ruidos se escucharon. Eran balas. Al parecer la criatura escapó sin ser lastimada, pues no había rastro de sangre. Tengo que proteger a El Runcho, tengo que evitar qué…
11
¡Malditos campesinos inútiles! No puede ser que hayan fallado otra vez. El Runcho debía estar muerto a estas horas de la mañana. Pero no hay prisa, ese Enemigo del Buen Camino encontrará su fin tarde o temprano. Ya lo eliminé una vez, no me costará demasiado eliminarlo una segunda ocasión.
12
El peligro es cada vez más grande, tal vez debería irme de este pueblo para siempre, quizás del otro lado de la sierra, en soledad, encuentre un poco de paz. Quizás allá no me vean como un monstruo, tal vez me entiendan mejor. Sí, eso es lo que tengo que hacer, no tengo opción.
13
Un plan, necesito una manera de sacarlo de aquí y llevarlo a un sitio en el que pueda estar seguro, pero, ¿dónde? La gente de este lugar ya está en contra suya, más con los discursos incendiarios de ese remedo de cura. Nadie se esfuerza por comprender de qué tipo de criatura se trata, o cómo llegó, sólo quieren hacerle daño. Tengo que encontrar un refugio adecuado para él. La pregunta sigue siendo la misma, ¿dónde?
14
Ya está armado el plan para darle fin a El Runcho esta noche. Apenas ponga un pie en el cementerio lo rodearemos y no lo dejaremos salir. No hay forma de que escape a doce hombres armados. De ser necesario le prenderemos fuego a todo. ¡A todo!
15
Algo me detiene, algo evita que ponga en marcha mi plan de fuga… creo que es la chica, cuando nuestras miradas se encontraron esta noche sentí algo especial. No puedo olvidarme del brillo de sus ojos, ni del aroma de su piel blanca como la leche. Tal vez ella sea la única criatura capaz de salvarme, tal vez.
16
Esta noche es singularmente oscura, no hay estrellas ni rastro de luna en el cielo. Llevo mi linterna, pero debo asegurarme de no asustar a El Runcho. Tengo que ganarme su confianza y hacer que venga conmigo. Se puede quedar unos días en el desván de mi casa, ya después pensaré en un lugar más adecuado para él. Lo importante es que los hombres que lo persiguen no lo encuentren.
17
La oscuridad alimenta mi alma, no muchas personas abandonarán su casa esta noche. Ni los supersticiosos cazadores se atreverán a salir. Creo que al fin podré respirar un poco de aire fresco y comer con un poco de paz.
18
Vienen conmigo Cristóbal y Hernán, los dos mejores tiradores de la comarca, no hay manera de fallar. Al despuntar el alba, ese diabólico Runcho no será más que un cadáver del que se alimentarán los buitres.
19
Odio tener que matar, pero a veces el hambre es demasiada. Esta vez fue una gallina. Su carne alimentará mi cuerpo y su muerte no será en vano. Yo no soy culpable de haber caído presa de esta horrible condición.
20
¡Ahí está la bestia, Cristóbal! ¡Dale un tiro en la cabeza, Hernán!
21
¡Oh, Dios mío, no! ¡No dejaré que le hagan daño a El Runcho! ¡No lo permitiré!
22
Era una trampa, me han encontrado esos malditos. Debo salir de aquí.
23
¡Runcho, no!
24
¡Fuego! ¡Fuego!
25
¡Sangre por todos lados! ¡Voy a morir!
26
Duele…
27
No hay ninguna herida. La sangre no es mía. Entonces…
28
Te he salvado…
29
La chica…
30
¡La sombra no era El Runcho! ¡Era una niña! ¡Santo Dios, qué pecado! Oh, no…
jueves, 5 de septiembre de 2024
BAJO LA CRUZ
Sus enemigos lo llamaron Bartolomé de la Cruz. Pero antes de que éstos llegaran de muy lejos, mucho más allá de donde la arena y las rocas se enfrentan día tras día a la furia del mar, ya tenía un nombre, Nahui Ocelotl, Cuatro Ocelote.
Durante años sirvió Cuatro Ocelote al dios de colmillos serpentinos que trae consigo la lluvia. Tan venerado como temido, pues lo mismo bendice las cosechas con sus lágrimas, que fulmina con el rayo. Por mucho tiempo ofició las ceremonias en que los corazones de los hombres llegados de las blancas ciudades de la costa o bien de la amurallada Tlaxcala, servían de alimento a la deidad, quien a cambio de la sangre de los prisioneros, el humo del copal y las plegarias de sus devotos sacerdotes, hacía atronar el cielo y daba nueva vida a un mundo que parecía destinado a morirse de sed.
Ahora, todo es distinto, Cuatro Ocelote ya no dirige las celebraciones que largo tiempo atrás aprendió a oficiar en el Calmécac, de la mano de venerables hechiceros que conocían muchos de los más inescrutables secretos de los dioses. Es torturado, tanto al amanecer, como a la caída del sol, por hombres de tez de estuco y ojos de turquesa, enfundados en corazas mil veces más impenetrables que la piedra, domadores de bestias tan terribles como las que habitan en lo más profundo del mundo de los muertos.
Cuatro Ocelote ha perdido su fuerza, casi no come y la poca agua que recibe no le sirve más que para humedecer un poco sus labios resquebrajados. Su vista cada día es más pobre, su tez, antes morena, se ha vuelto gris como la ceniza y ya casi ha olvidado el aspecto del sol. De vez en cuando lo visitan hombres vestidos con ropajes sencillos y semblante benevolente que tratan de convencerlo de que toda su vida ha estado equivocado, de que el dios al que tantos años de su vida le dedicó, no es verdadero, y de que si llegó a existir, no era una deidad, sino un ente perverso enviado por la oscuridad para entenebrecer su mente y llevarlo por la senda del mal.
Ellos afirman que no hay otro camino que la cruz. Han colocado una, de gran tamaño, hecha de madera labrada, en el centro de su calabozo. Mas él se empeña en llamarse a sí mismo con el nombre con que lo ha hecho desde su nacimiento, se niega a hacer lo que aquellos hombres con rostro de cera le dicen. Por eso lo torturan, lo queman, lo perforan. Ellos quieren obligarle a creer en que en su ley traída más allá del mar está la verdad del mundo, pero él no lo acepta, no es capaz de entender aquello que atenta contra lo que nítidamente percibe a su alrededor.
Su rostro está desfigurado, sus manos se hallan carcomidas por el fuego y sus pies apenas si pueden sostenerlo. Mientras tanto, afuera, mucho más allá de las paredes que lo asfixian, los campos se llenan de cuerpos de conejos y guajolotes, de venados y perros. Los árboles, antes verdes como el jade, ahora muestran al cielo sus largas ramas sin hojas, iguales a manos descarnadas. Los pocos hombres que perviven parecen esqueletos danzantes y las mujeres ya no tienen ni una gota de leche que darles a sus famélicos hijos, pues sus pechos están secos.
Si tan sólo lo dejaran ir, si tan sólo le permitieran abandonar por un día su celda y ofrendar al dios de la lluvia lo que es debido, el agua se precipitaría en cascada desde el cielo. Pero ellos no harán tal cosa, no cesarán en su empeño de alejarlo de todo lo que sabe, de todo lo que el cosmos le ha enseñado.
La sequía sigue su obra, la hambruna lo domina todo, Bartolomé de la Cruz, Cuatro Ocelote, está desesperado, noche tras noche, sueña con los rostros de los muertos, muchos de ellos muy queridos para él.
En una ocasión, tras despertarse abrumado por el calor del verano, el viejo sacerdote decide acercarse a la enorme cruz que adorna su prisión, la mira largo tiempo. ¿Cuál es el secreto que encierra? ¿Cómo es que ese trozo de madera puede ofrecerle a su pueblo la salvación de la tragedia que inclemente lo persigue? ¿Cómo puede hacerle olvidar al dios que sus ancestros le enseñaron a adorar? Pasan las horas, Cuatro Ocelote prosigue sus cavilaciones, inesperadamente, surge desde su interior la luz de una epifanía.
La mañana siguiente, al ser visitado por el hombre de la armadura resplandeciente y el hombre del hábito opaco, éstos lo encuentran venerando con fervor el símbolo de Cristo. El verdugo se muestra complacido de lo que sus técnicas de persuasión son capaces de lograr, mientras que el religioso se conmueve hasta las lágrimas por la milagrosa conversión.
Esa misma tarde, Bartolomé es liberado de su prisión. Camina lentamente, ayudado por un grueso bastón de madera que le sirve de apoyo a sus pies lacerados. Una nueva vida parece inundar sus arterias al salir al aire, tan fresco, tan limpio, tan distinto al hedor inmundo de aquella mazmorra. Al contemplar el sol, su rostro se llena de lágrimas, pues no puede contener la enorme dicha de verlo, tras tantos años de oscuridad.
Muy temprano, Bartolomé de la Cruz se dirige hacia las ruinas del templo de quien antes fuera su dios y sobre lo que fue su altar coloca la inmensa cruz de madera, la cual, ayudado por dos jóvenes compatriotas suyos, ha traído desde su calabozo. Poco a poco, un grupo de hombres enjutos, cubiertos de polvo y de miseria, comienza a reunirse en torno suyo. Bartolomé los observa, son pocos, y más que personas, parecen ramas secas. Entonces, auxiliado por su grueso bastón, se incorpora y, con una voz tan fuerte como el relámpago que todos anhelan, les anuncia que el fin de su infortunio se aproxima, que la desgracia que ha caído sobre de ellos está por concluir, que todo era un castigo por haberse negado a ver lo que sus ojos y su corazón con tanta evidencia le mostraban, por su negativa a escuchar las palabras de aquellos hombres más sabios que él. Que ahora que había decidido unirse a la Verdadera Fe, el cielo dejaría de castigarlos y les daría todos los frutos que tan cruelmente les habían sido negados.
Pocos días después, el cielo ruge y el pueblo entero se llena de felicidad al sentir la frescura que el cielo tapizado de nubes derrama sobre los campos sedientos. Los niños bailan bajo la lluvia, las mujeres lloran de júbilo y los ancianos, colmados de perplejidad, abren sus bocas desdentadas a la salvación que, desde las alturas, se precipita sobre sus cabezas.
Mientras presencia el milagro, Bartolomé le ordena a su gente postrarse ante la cruz y, al tiempo que esto ocurre, les habla de la imperiosa necesidad de abrazar la fe de los recién llegados y de olvidar sus costumbres ancestrales.
— Por fin han aprendido estos brutos que no les queda otro camino que el de la obediencia —dice el guerrero de la armadura centellante.
— No debéis culparlos, —afirma el hombre del crucifijo, secándose las lágrimas con la desteñida manga de su sotana— a causa de sus ídolos horrendos, no habían tenido ocasión de ver el camino de la luz.
Lo que los extranjeros no saben, y quizá nunca sabrán, es que enterrado bajo la cruz yace un pequeño bulto que contiene la imagen del dios de la lluvia y que, más allá, bajo las montañas, en desconocidas cuevas, se han hecho ya, los sacrificios requeridos.
martes, 12 de febrero de 2019
ADIÓS AL MONSTRUO
Nací pocos años antes de que
terminara la Tercera Gran Guerra. No obstante, pocos recuerdos tengo de esos
años de inmensa desolación, muerte y sufrimiento. La ciudad en que nos
refugiamos mi madre y yo nunca fue tocada por los asesinos artefactos que
dieron fin a más de la mitad de la población mundial.
Mi niñez fue idílica, casi feliz, y aunque
notaba que mi madre se sorprendía de ciertas peculiaridades físicas y
psicológicas que yo mostraba: sentidos del oído y el olfato excepcionales, ojos
ambarinos cuyas pupilas crecían y empequeñecían de acuerdo con la luz, así como
una evidente falta de interés de interactuar con otros niños, nunca me percaté
de lo difícil y compleja que resultaría mi existencia.
Fue hasta los 10 años, cuando ingresé al
Instituto, que debí enfrentarme al horror de ser incapaz de entenderme con mis
semejantes, quienes extrañados de mi singular comportamiento, buscaron hacerme
sentir unas ganas inmensas de desaparecer.
Cuando alcancé la adolescencia, las
diferencias con mis compañeros se hicieron todavía más notables, mis orejas se
volvieron alargadas como las de los duendes, mis dientes aumentaron hasta
asemejar colmillos, mis uñas crecieron de manera feroz. Me vi obligado a cubrir
mis orejas con el cabello y mis manos con guantes, asimismo debí utilizar
zapatos especiales para adaptarlos a mis pies.
La época en que es normal pasarla con los
amigos o buscando pareja yo estuve oculto en la oscuridad, alejado de todos.
Por eso, aquellos que me rodeaban siempre me consideraron un extraño, un
monstruo.
Poco a poco me acostumbré a ser esa
presencia siniestra o ridícula de la cual todos se burlaban o bien huían. Yo,
entretanto me refugie en el conocimiento de las materias más diversas:
historia, literatura, arte, mitología, etcétera. Mi madre se preocupaba por mí,
pero sabiendo lo difícil que es el mundo para los que son diferentes, procuraba
no entrometerse en mis asuntos, dejándome en paz.
Tiempo después, la Corporación Snell se vio
obligada a reconocer que durante los años de la guerra realizó experimentos
ilegales con seres humanos, su propósito era crear soldados más fuertes, más
resistentes, más agiles. Mi madre había sido inoculada con el tratamiento
genómico de la compañía, de ahí la razón de que yo fuera tan distinto. Pronto
salieron a la luz más casos similares, ya no sería considerado como un
engendro, podía regresar a la luz.
Continué mis estudios, ingresé a la
universidad, mi vida había tomado un cauce en apariencia deseado, pero por más
que lo intentaba no podía ser feliz, no podía hallarme a gusto entre otros
hombres, yo seguía sin entenderlos ni ellos a mí. Los pocos amigos que había
hecho pronto me abandonaron. Estaba decidido a volver a mi soledad, cuando un
día mi suerte cambio.
Se movía con la agilidad de un gato. Su
cabello era abundante y rubio. Sus ojos, de tonalidad amarilla, me dejaron
pasmado de emoción y de miedo. No creí que existiera nadie así. Se llamaba
Cecilia, durante muchas mañanas la seguí como una sombra sin atreverme a
hacerle sentir mi presencia. Al menos, eso creía, pues una tarde después de
clases, mientras la observaba desde los tejados, ella tornó a mirarme,
pidiéndome que me acercara.
Me quedé pasmado, sin saber qué hacer,
finalmente, a un segundo llamado suyo, me atreví a acercarme.
— No tengo nada que hacer esta
tarde. ¿Quieres ir por un café?
Yo, sin acabar de entender lo sucedido,
volteé la cabeza de arriba abajo y la seguí. Cecilia tenía una charla
envolvente, casi magnética. Yo tan sólo atinaba asentir en sus pausas y contestar
con monosílabos las muchas preguntas con que pretendía llenar su nulo
conocimiento de mí. Poco a poco comencé a gustar de su compañía y, aunque
prefería no estar cerca cuando la rodeaban otras personas, cada que la miraba
recorrer solitaria los pasillos de la escuela, me acercaba para hablarle y, a
pesar de que nuestra plática sólo durara unos pocos minutos, yo quedaba largas
horas prendado de una profunda emoción.
Había algo en Cecilia que me atraía
demasiado, así que procuraba pasar el mayor tiempo posible con ella. Fue
entonces, en una noche en que nuestra conversación se extendió más de lo normal
que descubrí su secreto.
Estábamos charlando amenamente, cuando noté
que una tos cada vez más frecuente cortaba sus palabras. Enseguida, después de
un fuerte ataque que le impidió el habla por varios segundos, corrió escaleras
arriba, hacia el baño de la planta superior. Yo resolví seguirla con el objeto
de cerciorarme de que se encontrara bien.
— ¿Cecilia?
Lo que vi me dejó azorado.
Una criatura mitad humana, mitad felina,
buscaba desesperadamente algo dentro de un anaquel. Después de que halló lo que
buscaba, un pequeño frasquito de vidrio, bebió dos tragos de su contenido y,
junto con su agitación, poco a poco sus anormalidades desaparecieron, Cecilia
volvió a ser una persona común.
— ¿Eres como yo?
Ella tornó a mirarme con angustia y espanto.
— No debiste ver eso… no
debiste…
— Cecilia… somos diferentes a
los otros, pero tú y yo somos iguales…
— ¡Largo de mi casa! ¡Fuera!
Asustado, salí huyendo, ni siquiera cerré
la puerta cuando me fui.
Pasé más de dos semanas sin ir al
Instituto, no quería ver a Cecilia, no quería ver a nadie. Ante los ruegos de
mi madre, decidí volver.
Después de dos días en que cruzamos por
los pasillos sin siquiera mirarnos, ella me habló.
— Necesito platicar contigo.
Tomándome del brazo, Cecilia me encaminó
hacia un rincón.
— ¿Qué quieres decirme?
— Yo… yo quería disculparme
por lo del otro día… no quería que nadie supiera mi secreto…, pero sé que puedo
confiar en ti.
— Lo sabes.
— Además, yo quería hacerte un
regalo para arreglar nuestras diferencias, toma.
Muy sorprendido miré un frasquito de
vidrio idéntico al que estaba en el anaquel de su baño el día del incidente.
— ¿Qué es esto?
— Mi padre trabaja en el
corporativo Snell. Él me lo dio. Es la solución a todos nuestros problemas. No
ha salido aún al mercado, pero te garantizo que no te hará ningún mal. Bebe el contenido
de este frasco por la mañana y por la noche durante dos meses y serás completamente
normal.
— Pero…
Sin decirme más, Cecilia se alejó de mí y
corrió a saludar a un grupo de compañeros que ruidosamente solicitaban su
presencia.
Ya que salí del Instituto me dirigí a la
casa y me encerré en mi habitación. Me miré en un gran espejo ovalado en que me
podía observar de cuerpo entero. Me desnudé. Era muy cierto. Yo era por demás
extraño. Mis orejas eran enormes. Mis colmillos grotescos. Mis ojos, horribles.
Además, cosa que no había notado antes, sobre mi espalda y mis hombros crecían
mechones de vello amarillo, moteados con manchas oscuras, como las de un
leopardo o de un jaguar. Tal vez Cecilia tuviera la respuesta correcta, tal vez
su regalo me salvaría de ser una monstruosidad. Tras concluir que por un día
que tomara el remedio sus efectos sólo serían temporales, bebí la fórmula.
Durante varios días tomé el remedio que
me dio Cecilia. Ya no me sentía un extraño en el Instituto. La gente no me
evadía ni parecía tenerme miedo. Sin embargo, además de mis irregularidades
físicas, también desaparecieron particularidades que me eran gratas. Día a día
notaba como mi sentido del olfato se hacía más débil y como mi visión nocturna
no era superior a la de una persona común.
Acompañe a Cecilia a casi todos los eventos
sociales a los que era tan asidua. Sin embargo, a pesar de que mi aspecto ya no
incomodaba a nadie, yo seguía sin sentirme a gusto entre tanta gente. La
mayoría de aquellas criaturas me parecían francamente estúpidas. Y ella, en su
compañía, parecía serlo también. Muy diferente a cuando nos veíamos a solas y
caminábamos entre los fresnos del bosque o alrededor de las aguas grises del
pequeño lago. Ahí nuestras almas parecían acercarse más que nunca. Incluso, al
pie de la montaña, cuando nos dimos nuestro primer beso, sentí, cómo a pesar de
seguir puntualmente el tratamiento, nuestras características ferales volvían,
aunque sea fugazmente, a reaparecer.
Una noche, después de tomar la medicina,
tuve un sueño inquietante. Yo era un cazador y, armado con un revolver,
avanzaba a través de una selva muy espesa. Entonces, mi cuerpo temblaba al
escuchar un rugido imponente. Ante mí, aparecía un tigre, que me miraba con
orgullo y altivez. Me sudaban las manos, la frente. La duda me envolvía como la
niebla. Entonces, una voz muy dulce y conocida me susurraba al oído: “Sabes lo
que tienes que hacer”. Sin más cuestionamientos, descargué mi arma sobre el egregio
animal, que al instante cayó destrozado por las balas. Entonces, de atrás de las
frondas, surgió una inmensa multitud que vitoreaba mi nombre y no cesaba de
aplaudir. Pero, yo no sentía alegría alguna, sólo una tristeza inabarcable. Desperté.
Al llegar la mañana evadí tomar la última
gota del elíxir, pero guarde el frasco en el bolsillo. Me encaminé al instituto
y busqué a Cecilia. La hallé, como de costumbre, rodeada de su coro de
admiradores. Al verla así, tan feliz, aunque tan distinta a la chica que yo
amaba, pensé en dar un paso atrás y volver a la soledad de mi madriguera. Sin
embargo, continué ahí, esperando a que me diera audiencia. Finalmente, varios
minutos después, Cecilia despidió a sus vasallos y pude abordarla.
— Hola.
— Cecilia,
yo quería decirte…
— Ya sé,
ya sé. Así la vida es genial, ¿verdad? Vale la pena vivirla.
Quise callar mis inquietudes, si lo hacía
tal vez pudiera besarla de nuevo, pero no me detuve:
— Tal
vez tú y yo somos distintos por una razón, quizás no necesitemos seguir tomando
este remedio.
Saqué el frasco con la última dosis
de la fórmula, amagué con tirarlo a la
basura. Cecilia me miraba sorprendida. Parecía no comprender.
— Pero...
Tome aire antes de seguir hablando. Sentí que
me faltaba la respiración.
— Quizá
podamos ser felices tal y cómo somos, hay algo muy especial en nuestras almas. Quizá…
— ¿Qué?
— … podamos
seguir siendo diferentes sin que el resto del mundo nos importe. Nos tenemos el
uno al otro.
Cecilia se quedó pasmada unos segundos y a
continuación soltó una carcajada enorme.
— ¿Nos
tenemos el uno al otro? ¿De qué hablas? Estás loco.
— Yo
creí…
— Vete y
déjame en paz. Te di lo más valioso que alguien podía otorgarte: humanidad.
¿Así me lo agradeces?
Aturdido por completo, caminé hasta mi
casa. Me miré al espejo, no me gustó lo que vi. Arrojé al inodoro el regalo de
Cecilia y, tras dejar escapar un hondo suspiro, me metí a bañar.
lunes, 29 de enero de 2018
DILLAN WAKE
Dillan
Wake, escuché ese nombre por primera vez cuando Timothy me dio uno de sus
libros para que lo leyera. “Te va a fascinar”, me dijo aquel muchacho de
maneras tímidas y andar apesadumbrado. No se equivocó, La Encrucijada es un libro único, pleno de suspenso y horror, pero
más que nada, lo que impregna sus páginas es un vasto conocimiento del lado más
más atroz del alma humana.
Después de leerlo, le pregunté a Timothy si
tenía más libros de Wake que pudiera prestarme. Poseía un par más: El Caminante del Río y Lluvia de Ceniza.
Luego de recorrer librerías, bibliotecas y
ferias culturales encontré el resto de su obra: dos novelas, dos volúmenes de
cuentos y un breve poemario. Ya que las leí todas, la atención de mi cerebro
-postrada absolutamente ante Dillan Wake-, se centró en conocer detalles de su
vida, una vida hundida en el más hondo secreto.
Dillan Wake, cuyas escasas fotos lo
mostraban alto, delgado, de nariz recta, ojos azul cobalto y cabello rubio,
había nacido en Carolina del Norte treinta y siete años atrás. Desde su
infancia había destacado por sus dotes de orador y poeta. Había hecho estudios
de literatura en Harvard y Oxford. Su primer libro, Bosque en Llamas, publicado cuando apenas tenía dieciséis años, le
valió ganar varios premios estatales y nacionales, así como el aplauso de la
crítica. Sin embargo, su consagración definitiva vino con La Encrucijada, publicado cuando Wake apenas estaba por cumplir
veintidós años de edad.
¿Qué sucedió después? Dillan Wake demoró en
publicar su quinta novela dos años más de lo esperado. Entregó el manuscrito a
sus editores, pero cuando quisieron notificarle de múltiples cambios que
pretendían realizarle al borrador, no hubo forma de localizarlo. Wake había
desaparecido sin dejar rastro
Su último libro, Abismo, es la más esotérica de sus obras, no solo en cuanto al
tema, sino también en el lenguaje; resulta incomprensible para un lector
promedio y pocos, muy pocos críticos han logrado sacar algo en claro de sus
nebulosas páginas. La editorial inicialmente no pensaba publicarla, pero no
quisieron desaprovechar el escándalo propiciado por la desaparición del autor
y, así, Abismo pudo salir a la luz.
De los sucesos que he relatado, han pasado
casi diez años y Wake sigue sin aparecer. No sé en qué momento me decidí a dar
nueva fase a mi obsesión y dejarlo todo, pareja, trabajo, vida, para emprender
la búsqueda del enigmático autor.
Empecé por visitar su ciudad natal,
Wilmington, Carolina del Norte. No quedaba ningún pariente vivo suyo ahí, a
excepción de una prima, Linda Crabtree, quien vivía en una pequeña, pero
elegante casa de paredes blancas y tejas verdes, muy cerca del río. Tras
negarse en un principio a brindarme cualquier información respecto al tema, mi
insistencia y la sinceridad de mi propósito, la convencieron de darme una
entrevista una tarde veraniega.
—
Dillan nunca fue como los demás. Las cosas mundanas le interesaban poco. Sus
ojos parecían de hielo, ningún secreto, por más bien escondido que estuviera,
podía escapar a su mirada. Y que facilidad, que maravilloso don tenía para
contar historias. Cualquier acontecimiento, incluso el más trivial, renacía en
sus labios convertido en una epopeya.
— ¿Tiene
usted alguna idea de por qué desapareció, cree usted que le haya sucedido algo?
Linda permaneció silenciosa unos instantes,
con los ojos clavados en el suelo de madera.
— Tuvo
que sucederle algo. Su ausencia debe tener alguna razón.
— Perdone,
yo no quería…
Linda cerró los ojos y suspiró.
—
Dillan y yo fuimos muy apegados durante la infancia. Con el tiempo he aprendido
a sobrevivir sin verlo ni escucharlo. Pero apenas su recuerdo viene a mi mente,
yo no puedo evitar…
Linda, que entonces, pese a su aspecto
avejentado, apenas frisaba los cuarenta, se soltó a llorar.
— No
puedo decirle mucho más de Dillan. Pero tengo algo que tal vez sea de su
interés.
Linda abandonó su silla y subió escaleras
arriba. Aproveché la ocasión para mirar los retratos que había en la sala. En
uno de ellos aparecía Wake siendo adolescente, más bajito, más delgado, pero
con la misma arrogante actitud presente en los retratos que ya conocía.
Al cabo de breves instantes, la mujer
volvió, trayendo consigo un libro.
— Me
dio esto poco antes de que se esfumara de la faz del mundo. Está escrito en un
lenguaje que yo desconozco. Pero tal vez le brinde algo, una seña, una pista,
que la ayude en su búsqueda.
— Muchas
gracias.
— No
puedo decirle cuántos deseos tengo de que lo encuentre.
Con esta frase, ella se despidió.
El libro que Linda Crabtree me dio estaba
escrito en francés, tal como ella, yo tampoco hablaba aquella lengua. Con ayuda
de un diccionario, comencé a traducirlo y lo que deduje, después de haber
revisado algunas páginas, es que aquel tomo estaba conformado por conjuros
esotéricos, seguramente parte del material que Dillan Wake había utilizado para
escribir su última obra, la cual, como ya mencioné, era de un carácter muy
extraño.
Seguía el análisis del documento, cuando
de entre aquellas amarillentas páginas brotó una postal. En ella se mostraba un
tranquilo lago, rodeado de sauces y fresnos, al fondo de la escena, se
apreciaba una bellísima mansión afrancesada, típica del sur del país.
Tras admirar un instante la imagen, le di la
vuelta, había escrita en ella una dirección.
Furet Street, 1001 Lake Charles, Lousiana
No podía creerlo, hallar el paradero de
Dillan Wake no parecía ser una labor tan complicada como lo había imaginado.
Apenas llegó la mañana, pagué la cuenta del hotel y tomé el volante.
El camino a Lousiana me tomó dos días, pues
el mal estado de mi coche me obligó a hacer paradas en Atlanta y Jackson.
Llegué a Lake Charles una nublada mañana de jueves en que la lluvia amenazaba
con hacerse presente. Estaba muy nerviosa ante la insólita posibilidad de
encontrarme cara a cara con el admirado autor de mis novelas favoritas, pero,
refrenando mis ansias, me detuve a desayunar en una modesta cafetería de las
afueras de la ciudad.
Mientras me servían café y me preparaban
unos huevos con tocino, abrí el libro que me había dado la prima de Wake. Miré
la postal que se hallaba entre sus páginas y le pregunté a la mesera si conocía
aquella casa, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, me indicó que no, que
estaba recién llegada a la ciudad, pero dijo que le preguntaría a su patrona
quien llevaba toda su vida viviendo en Lake Charles.
— Claro
que la conozco, La Maison Larriviere, perteneció por muchas generaciones a una
familia muy respetable de estos rumbos. Pero el último de sus descendientes,
Laurent, un auténtico cabeza hueca, lo perdió todo gracias al alcohol y las
mujeres. Tuvo que venderla hace algunos años, a un rico forastero llegado de
quien sabe dónde.
— ¿Lo
vio alguna vez?
— A
Laurent, claro, al pobre yo…
— Me
refería al forastero. ¿Lo conoce?
La mujer permaneció un instante callada,
como haciendo un esfuerzo por traer al presente la brumosa silueta de aquel
individuo.
— Algunas
noches solía venir aquí, pero ya hace mucho que no lo veo. No era un hombre mal
parecido, pero algo en él nunca me agradó. Quizás yo estuviera prejuiciada por
haber sido él quien les comprara la casa a los Larriviere.
Llegué a Furet Street sin mucha dificultad,
pero encontrar el número 1001 no fue tan sencillo. A partir del número 900, la
avenida, hasta entonces ancha y bien pavimentada languidecía, mientras que a sus
flancos, las casas eran cada vez más frecuentemente sustituidas por pantanales
y vegetación. Ya alcanzando el número 1000, perteneciente a un blanco caserón
en estado ruinoso, la vía giraba hacia el sur y se convertía en un camino de
terracería. A través de un puente de acero corroído, crucé un canal de aguas
malolientes, enfrente de mí, se apreciaba un pequeño lago bordeado por fresnos
y sauces, más allá, un macizo edificio de paredes grises y tejado verde,
sostenido por anchas columnas cubiertas de hiedra venenosa.
Al acercarme a la mansión, tuve que dejar el
carro un poco lejos, pues el camino de tierra culminaba antes de llegar al
lago, me percaté de que distaba mucho de tener la sublime apariencia que la
fotografía que había en el interior del libro mostraba. Sus paredes estaban
mohosas y en no pocos espacios brotaban de su superficie hongos y maleza. Las
columnas estaban despintadas y la vegetación crecía sobre ellas sin ningún
sentido estético.
Me sentía asustada, pero haciendo acopio de
fuerzas toqué el portón. Esperé ansiosa que fuera abierto, pero nada pasó. A lo
largo de la tarde, volví a intentarlo varias veces, pero el resultado fue el
mismo.
Con la idea de volver al día siguiente,
volví al coche, bordeando el lago a través de un estrecho pasaje erizado de
juncos y arbustos espinosos que rasgaron en varias ocasiones mi pantalón.
Antes de encender el motor, quise ver una
vez más la fotografía, para contrastarla con la notoria decadencia actual de la
mansión. En eso estaba, cuando, con gran sorpresa, observé cómo, de las
profundidades del lago cenagoso, salía una forma indefinible - me había quitado
los anteojos para mirar más a detalle las fotografías- y, tras un instante de
vacilación, abría la puerta e ingresaba, tambaleante, en el interior del viejo
caserón.
Un pavor indescriptible me hizo arrancar el
auto y abandonar aquel sitio. Manejando entre bosques sombríos, no me
tranquilicé hasta alcanzar las primeras luces de la ciudad.
Abrí los ojos y distinguí, para mi calma,
las amplias ventanas de la habitación de hotel que había alquilado la noche
anterior. Me levanté, me miré al espejo, lucía fatal. Todos los recuerdos de lo
sucedido la noche anterior se agolparon en mi cabeza. Un escalofrío recorrió
mis huesos, pero mi ansia de penetrar en la vida de Dillan Wake se impuso y,
tras bañarme, vestirme y desayunar en una cafetería cercana, me dirigí una vez
más hacia el número 1001 de la calle Furet.
A la luz del sol, mis temores vespertinos
se hicieron brisa. Feliz recorría la campiña poblada de garzas, ranas,
libélulas y mariposas, cuando, cerca del fangoso borde del lago, descubrí dos
pelícanos muertos, destrozados brutalmente.
— Los
caimanes, pese a su apariencia estatuaria, son máquinas carniceras, nunca debe
confiarse usted.
Al escuchar aquella voz de tono profundo,
volteé y, tras colocar una mano sobre los ojos para evitar ser cegada por el
sol, pude observar cómo avanzaba hacia mí un hombre alto y esbelto, que pese al
calor sofocante, vestía con gabardina y sombrero.
— Soy
Dillan Wake.
Apenas alcancé a musitar mi nombre y mi
mano tembló al estrechar la suya. Al mirarlo de cerca, distinguí su ojo
derecho, mucho más azul que en las fotos. Sin embargo, el lugar donde debía
encontrarse el izquierdo estaba oculto por un vendaje.
— Me
impresiona que hayas gastado tanto de tu tiempo en una obra de absoluta
banalidad —me dijo Dillan mientras
tomábamos el almuerzo bajo la techumbre de un elegante cenador de columnas
blancas y techo de pizarra, rodeados por el vasto jardín de La Maison
Larriviere, lleno de frondosos árboles, así como de una exuberante vegetación.
— Nada
de tu obra es banal —exclamé
sin poder reprimir una sonrisa delatora—
es increíble cómo logras poner en evidencia la esencia maligna que habita en el
interior de cada ser humano, incluso en aquellos que…
— Basta
por favor, esos libros me hacen sentir vergüenza de mí mismo, preferiría no
volver a escuchar de ellos nunca más.
— Mr.
Wake ¿Cómo puede decir eso? Sus novelas tienen una legión de fanáticos lectores,
Encrucijada y Lluvia de Ceniza tienen, además de ventas millonarias, el aplauso
de la crítica más estricta.
El escritor hizo la cabeza hacia atrás,
mostrando en su rostro una mueca de fastidio.
— Abismo
es lo único trascendente que he escrito en toda mi vida, y nadie, ni siquiera
sus lectores más eruditos, ha logrado entender una sola de sus páginas.
— ¿Por
eso se apartó del mundo, porque sabía que sus lectores y críticos no llegarían
a comprender nunca su obra más valiosa?
Wake permaneció largos minutos silencioso.
Al fin, en algo que era apenas poco más que un susurro, respondió:
— Esa
fue una razón, hay otras… Pero suficiente hemos dicho de mí. Conocer quién es
usted, me interesa demasiado.
El sol comenzaba su caída, tiñendo el cielo
de dorado y púrpura. Las aves, cansadas de sus actividades diurnas, tomaban por
asalto los árboles que nos rodeaban, buscando, en sus elevadas copas, refugio
ante la oscuridad creciente.
Hablábamos de mi aburrida vida en Boston,
de mi olvidada familia o de cualquier cosa trivial, cuando comencé a notar en
mi interlocutor una ansiedad evidente. Sus manos temblaban, su ojo visible
miraba nervioso hacia todos lados. Sus dientes empezaron a castañear sin razón,
pues ningún rastro de viento o de frío asomaba en aquella tarde.
— ¿Se
siente bien, Mr. Wake?
Dillan se paró de la mesa, como acosado ante
una aparición, la cual mis ojos torpes eran incapaces de mirar.
— Vuelva
mañana o el día que guste, pero, por lo
que más quiera, váyase ahora.
Recordé el extraño ente que había visto
salir del lago, entonces comencé a temblar también.
— ¡Váyase!
—repitió aquel hombre atormentado, y yo, sin fuerzas
ni ánimo para oponerme a su terrible advertencia, avancé de inmediato hacia la
puerta de la mansión.
Pese a que no cerré los ojos en toda la
noche, volví a La Maison Larriviere apenas salió el sol. A mi llegada, Dillan
Wake me recibió con efusión y amabilidad, pero algo en su rostro había
cambiado. El vendaje que había mostrado el día anterior cubriéndole el ojo, ahora
se extendía a prácticamente la mitad siniestra de su cara.
— ¿Está
usted bien, Mr. Wake?
Enseguida se palpó con la mano la zona
oculta por las vendas.
— Hace
poco sufrí un percance. Mi piel está algo delicada, con frecuencia debo
cubrirla del sol. ¿Gusta desayunar?
La mañana, tal y como el día anterior,
la pasamos en el cenador del jardín, entre trinos de aves y lectura de poesía
francesa.
Más tarde, cuando ya estábamos fatigados
del calor, entramos a la casa. Contrario a su apariencia externa, la mansión
seguía manteniendo mucho de su esplendor original. Un imponente candil de oro y
cristal se alzaba en el centro de una sala cubierta de tapiz color verde menta;
detrás, dos escalinatas gemelas conducían a la parte superior, donde se hallaba
un largo pasillo, flanqueado por dos hileras de cuartos.
Estábamos charlando, cuando, con el correr
de la tarde, mi anfitrión comenzó a ponerse más y más nervioso. Al verlo así,
amenazado, asustado, deduje que era el momento indicado para irme. Ya me había
levantado de mi asiento, cuando comencé a sentir un dolor tremebundo en el
vientre, como si mi estómago fuera traspasado por una multitud de dientes
afilados.
Ayudada por Wake caminé hacia el baño, ahí,
después de descargar mi estómago, cuatro o cinco veces, me sentí un poco mejor.
Al abrir la puerta, vi el sobresaltado semblante del escritor. Un profuso sudor
corría sobre su frente, sus dientes castañeaban sin cesar.
— ¿Está
mejor, señorita?
Tras desplomarme en sus brazos, Wake me
palpó la frente.
—
Tiene mucha fiebre.
Antes de perder la conciencia, sentí cómo
era transportada hacia el interior de una habitación.
Instantes después, la voz profunda de
Dillan me hizo abrir los ojos. Estaba recostada sobre una cama. La iluminación,
proveniente de una lámpara ubicada sobre la mesita de noche era deprimente.
— Pase
lo que pase, escuche lo que escuche, no vaya a abrir esta puerta. Su vida
depende de ello. En la mañana yo vendré por usted. Tan pronto las
circunstancias me lo permitan, le conseguiré un doctor.
Alcancé a mirar su rostro semicubierto y mover
la cabeza de arriba abajo, antes de oír cerrarse la puerta y perderme en sueños
espectrales.
Era ya muy noche cuando abrí los ojos. Me
fastidiaba la cabeza, pero el dolor en el vientre había disminuido. Entonces,
escuché un ruido difuso pero persistente, como si algo o alguien quisiera
entrar a mi habitación. Un agudo temblor recorrió mi espalda. Me arrebujé en
las cobijas y me tapé las orejas con las manos. Para cuando, minutos después,
me destapé los oídos, el extraño sonido había cesado.
Venciendo todo rastro de temor, me puse los
anteojos y encendí la luz. La casa parecía una tumba, no se escuchaba nada.
Enseguida, hice a un lado las cortinas y miré por la ventana, la cual por
cierto daba al pequeño lago ubicado frente a la casa. Una criatura avanzaba a
grandes trancos sobre la maleza; después, con una agilidad notable para su
cuerpo disforme, se sumergió en las aguas cenagosas.
Al otro día, apenas amaneció, Dillan
cumplió su promesa y fui visitada por un médico traído a toda prisa de Lake
Charles.
— Tiene
usted suerte, señorita, la intoxicación que sufrió ya está cediendo —me informó el pequeño hombrecillo de cabello cano y
bigotes de aguacero.
Recordé que la mañana anterior, antes de
venir a la La Maison Larriviere había desayunado en una cafetería en que la
comida no parecía muy fresca. Aquellos alimentos debían ser la causa de mi
malestar.
— Pero
debe mantenerse en reposo absoluto, todavía se encuentra muy débil.
Ya que el médico se retiró, Dillan Wake se
acercó a reconfortarme. Noté que sus manos estaban ahora cubiertas por robustos
guantes de cuero.
— Puedes
quedarte aquí el tiempo que necesites.
Moviendo la cabeza débilmente, asentí.
Dillan estaba por salir del cuarto, cuando
mi mano se aferró a la manga de su gabardina.
— Mr.
Wake…, no me dejé aquí sola. Hay algo allá afuera… Me da mucho miedo.
El escritor, como en los dos pasados
atardeceres, comenzó a temblar.
— Suélteme
por favor. Hay asuntos que debo tratar.
Poco después, gracias a los calmantes
suministrados por el médico, pude dormir.
Debía de ser media noche cuando los
rasguños sobre la puerta de mi habitación me despertaron. No llegaron solos. Un
alarido en el que el horror y la súplica parecían mezclarse, les hacía
compañía. Como en la ocasión anterior, me arrebujé en las cobijas y me tapé los
oídos, pero aquellos arañazos, aquellos gritos no cesaban de atormentarme.
Al amanecer, la calma volvió. Apenas el
primer rayo de sol entró a la habitación, me apuré a cambiarme. Aunque me
sentía muy debilitada por la enfermedad, además de la falta de sueño, tomé mis
cosas y en el mayor sigilo posible, me deslice hacia la salida de la mansión.
En mi camino, no encontré el más mínimo rastro de Dillan Wake.
Caminé con rapidez hasta el coche. Ya una
vez en Lake Charles, en la blanca comodidad de mi cuarto de hotel, respiré muy
hondo, logrando hacer que se desvaneciera la carga de terror que había
soportado hasta aquel instante. En cuanto recobrara mis fuerzas y mi ánimo,
volvería a Boston y no pondría pie en aquella casa maldita nunca más.
Dos días más tarde, me sentí aliviada de
mis malestares. Ya me había bañado, vestido, estaba a punto de cerrar mi cuenta
y retirarme del hotel, cuando mi mirada se dirigió a Abismo, la última novela escrita por Wake, cuya cubierta púrpura
asomaba de uno de los rincones de mi bolso. Atraída por una fuerza
irrefrenable, comencé a leerlo.
En la densa penumbra, aun el monstruo, busca la luz.
Aquella
breve frase capturó mi atención, a mi cerebro asomó de nueva cuenta la
curiosidad. Breves instantes después lo decidí, aquella tarde, volvería a la
mansión y resolvería el misterio que perseguía a Dillan Wake.
Llegué a las cercanías del lago cuando el
sol ya estaba decadente. El aire se sentía más fresco que los otros días y un
ligero temblor se alzaba entre mis vértebras mientras avanzaba entre los sauces
y los juncos. Tras hallar unos arbustos
que me facilitaban esconderme, permanecí, ahí, estática, esperando que la
criatura acuática volviera a aparecer.
El sol bajaba, el viento aumentaba su
fuerza. Mis nervios no me dejaban en paz. Por un instante, tuve la tentación de
correr al auto y volver a la seguridad de mi hotel, pero, entonces, la puerta
de la mansión se abrió, las garzas y los patos, graznando estrepitosamente,
buscaron refugio en las ramas de los árboles que rodeaban el estanque
pantanoso. Apareció un hombre con casi todo el cuerpo cubierto por vendajes.
Entre los escasos huecos que dejaban descubiertos los pedazos de gasa, se
percibía una piel amarillenta, seca como un pergamino, acompañada de
sanguinolentas pústulas. Su único ojo visible, color azul cobalto, delataba su
identidad.
Con incredulidad y angustia, miré cómo
Wake, moviendo los labios como si musitara una plegaria, enfilaba hacia el lago
y muy despacio iba hundiéndose hasta quedar por completo sumergido.
— ¡Se
va a matar! —dije para mis adentros,
llena de horror.
Abandoné mi escondite y me dirigí hacia el
borde del lago. Estaba ya hundida hasta la cintura, cuando el agua comenzó a
borbollar. A pocos metros de mí, surgió una cabeza reptiliana, con grandes ojos
ambarinos y dientes como cuchillas. Me acordé de los pelícanos muertos que
encontré el día de mi llegada y al instante comprendí el destino del escritor.
Todavía estaba cerca de la orilla, si evitaba el pánico, tendría tiempo
suficiente para escapar.
El agua era fangosa, el monstruo se movía
con agilidad inusitada para su enorme tamaño, pero, antes de sentir en mi carne
sus dientes, pude alcanzar terreno firme. Pensé que el caimán o lo que fuera,
al estar su presa fuera del lago, desistiría de su caza, pero, sorprendida,
miré cómo lentamente iba sacando su cuerpo fuera del agua y, cómo si fuera un
hombre, se alzaba sobre sus extremidades traseras y avanzaba hacia mí. De su
boca salía un alarido espantoso, el mismo que escuché durante aquellas dos
terribles noches, al otro lado de la puerta de mi habitación.
Eché a correr, pero la bestia, a paso raudo,
me perseguía con ferocidad. No me faltaba mucho para alcanzar la mansión,
cuando al caer entre la maleza, mis gafas se hicieron trizas, complicando mi
situación, pues, aunada a mi miopía, una niebla, a cada instante más densa, me
permitía apenas vislumbrar los contornos de lo que yo imaginaba árboles y
rocas.
A mis oídos llegaban, hiriendo el cielo
tenebroso, los cantos de los sapos y el trinar de los chotacabras, que
acompañaban, como un coro infernal, los bramidos del monstruo.
Ocultándome detrás del tronco de un encino,
pude evadir a mi perseguidor lo suficiente para que perdiera mi pista, después,
al mirar hacia la izquierda, vi con alivio una estructura cuadrada que parecía
indicar un cobertizo. Corrí con todas mis fuerzas para alcanzar el refugio.
Podía ver muy poco de aquello que me circundaba, pero los alaridos, aunado al
sonido de la vegetación que se quebraba con cada uno de sus pasos, me indicaban
la cercanía del monstruo. Corrí con todas mis fuerzas y una vez que logré
trancar la puerta, me sentí a salvo.
Respiré hondo varias veces, el lugar era
oscuro y maloliente. Tanteando en el piso, logré ubicar una linterna. La
encendí.
Me hallaba en una pequeña bodega repleta de
sacos de grano e instrumentos de labranza oxidados. Busqué algún sitio que
pudiera ser vulnerable a la embestida de la bestia que afuera proseguía en sus
intentos por entrar; las paredes carecían de orificios, en el piso no había
túneles. Lo que sí noté es un hueco abierto en el techo, lo bastante grande
para que aquel demonio entrara.
Tomé una pala y esperé, con los ojos fijos
en el fragmento de luna que se colaba a través del tejado roto, a que llegara
el amanecer, pensando que la luz obligaría al monstruo a volver a su escondite.
Debía de ser casi media noche, cuando los
gemidos y golpes cesaron. Me sentí tranquila, pero pronto se redobló mi
angustia al pensar que el endriago no renunciaría a su presa.
Así fue, poco después de haber suspendido
los embates, una cabeza escamosa asomó por el hueco abierto en la techumbre.
Sus alaridos -que como ya he dicho, además de amenazantes contenían algo de
súplica- me hicieron temblar, pero aferré mis manos a la pala y me dispuse a
utilizarla para mi defensa.
Con movimientos mecánicos me abalancé sobre
el demonio cuando éste se desprendió del tejado y se lanzó hacia mí. Una de sus
garras alcanzó a herirme el brazo, pero dándole dos certeros golpes con la
pala, logré hacerlo retroceder. Iba ya a retomar su ataque, cuando al agitar su
cola, impactó un anaquel cubierto de pesados bultos, lo que causó que éstos se
desplomaran sobre él.
La criatura se lamentó con otro de sus
espantosos alaridos. Yo, aprovechando la ventaja, abrí la puerta del cobertizo
y salí corriendo, cerrando por fuera la puerta para dejarla atrapada adentro.
Desperté en el asiento delantero de mi auto
con la cabeza y las manos apoyadas en el volante. Recordé entonces que, cuando
salí de la bodega, tenía la intención de alejarme de aquel lugar lo más posible,
pero supuse que el cansancio y la angustia me habían vencido apenas puse pie en
el vehículo.
Mire a mi alrededor, el día era claro y
caluroso, los patos graznaban con alegría y las mariposas surcaban los aires
con alas color tornasol.
En el asiento trasero, estaba la pala que
tan buenos servicios me había brindado la víspera. Saqué de la guantera mis
gafas de repuesto y, respaldada por la luz y la tranquilidad que se respiraban
en aquel instante, me bajé del auto y avancé hacia el cobertizo.
La bodega seguía cerrada, tal y como yo la
había dejado. Acerqué mi oído a la puerta para escuchar algo, un arañazo, un
bramido, que me indicara la presencia de la bestia, sólo pude escuchar un
sollozo contenido y bajo.
Utilicé la pala, quebré la cerradura y,
armada con ella y una linterna, penetré en el interior del almacén. Adentro se
percibía un olor nauseabundo, mucho más fétido que la noche anterior, lo que,
aunado a numerosas gotas de sangre sobre el piso de madera, me hizo suponer que
el cuerpo del endriago había comenzado a descomponerse.
Ni siquiera había pensado qué haría con mi
“trofeo de caza”, cuando, rastreando el sollozo, lo ubiqué en uno de los
ángulos del cobertizo, no muy lejos del sitio donde la bestia había sido
derribada.
A la luz de mi linterna surgieron las formas
de un hombre o -mejor dicho- de lo que quedaba de un hombre. El ente se hallaba
sentado en un rincón, con la cabeza oculta por unas manos casi descarnadas.
— Yo
ya no quiero más de esto…
Al apuntar mi lámpara de mano hacia su cara
distinguí el azul del ojo sano de Dillan Wake, así como una cara completamente
desfigurada por la sangre y las llagas.
— Pensé
que la bestia lo había devorado en el pantano.
— Yo
soy el monstruo. Nunca debí entrometerme en cosas que no entendía.
— Abismo…
— Estoy
maldito…
Wake, sin poder contenerse, comenzó a
llorar, mezclado con su lamento, podía distinguirse el tono de súplica que
formaba parte del alarido del demonio.
— Yo…
descubrí un mal día esos libros infernales… Al principio pensé que sólo se
trataba de un juego… empecé a involucrarme con fuerzas más poderosas que yo,
dominaron mi mente, mi espíritu… me hundieron en la desesperación, en la
desgracia…
De lo que pude sacar en claro de sus
palabras, frases y silencios, es que el último libro de Dillan Wake era en
realidad la plegaria de un antiguo culto demoniaco, reconstruida a partir de la
recopilación de información de varios textos que se hallaban desde hace mucho
tiempo perdidos u olvidados. Qué a partir de ello, una arcaica hechicería
volvió a la vida, haciendo del escritor su esclavo. Todos los días, a la hora
del crepúsculo, debía cumplir con el ritual de convertirse en monstruo y
después encontrar víctimas para saciar su hambre y la del ente que dominaba su
voluntad. En caso de no cumplir con estas condiciones, su carne se secaría
hasta convertirlo en una momia viviente, de ahí su aspecto cada vez más
decadente.
Ese día, cuando lo encontré en el
cobertizo, lo ayudé a transportarse hasta su cama en La Mansión Larriviere.
Llamé a una ambulancia. Poco después, Dillan Wake fue internado en una clínica,
y aunque me enteraba que día con día sus condiciones físicas y mentales se
seguían deteriorando, no pude visitarlo, pues los médicos lo consideraban
demasiado peligroso, tanto como por su evidente desequilibrio mental, como por
la posibilidad de que su enfermedad fuera contagiosa.
El día antes de volver a casa, quise hacer
un último intento por verlo. Apenas me acerqué, noté que varios hombres armados
custodiaban el lugar y lo rodeaban con una cinta amarilla. Poco después, vi
sacar del edificio tres cuerpos cubiertos por sábanas salpicadas de abundantes
manchas rojas. Muy pronto pude confirmar, de la boca de los empleados del
sanatorio, quién era el culpable de aquel horror.
He regresado a Boston. Prendí fuego a sus
libros, me he deshecho de todas sus fotografías. Me digo que Dillan Wake y el
demonio que bajo su piel habita, no me encontrarán aquí, que estoy muy lejos de
su alcance. Sin embargo, el miedo no se desvanece. Me parece encontrarlo en
cada sombra, en cada rincón sin luz. Ahora mismo, detrás de los pinos que se
recortan contra el crepúsculo, más allá de mi ventana, creo observar sus ojos,
fijos, atentos, esperando que yo cometa cualquier descuido, la más mínima
imprudencia, para entonces atacar.
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