jueves, 19 de marzo de 2026

EL BOSQUE

Hoy decidí escapar… salir corriendo… perderme en el frío del bosque… correr y correr entre los árboles deshojados y la maleza muerta… No puedo resistirme... No puedo… Esta mañana parecía una como cualquier otra. Me levanté temprano para ir al trabajo sin pensar demasiado en una rutina que, tras cuatro años, resultaba inevitable. De pronto, desde más allá de las ventanas cubiertas de escarcha, lo escuché. Aquel aullido largo y profundo, que dibujó en mi mente un anhelo jamás antes sentido de huida, de libertad. Avisé que interrumpiría mis tareas unos momentos para ir al baño y desde entonces fue correr, correr hasta perderme en la inmensidad del reino natural. Llevo caminando mucho tiempo, no sé cuánto, pues hace bastante que estrellé mi teléfono celular contra el suelo congelado, pero estoy seguro de que, por la posición del sol, ya han pasado varias horas. El aullido vuelve a escucharse, electrizando mis sentidos. Tengo que seguir avanzando, encontrar a quien lo emite, es una orden que mi cerebro no puede rechazar. Las sombras caen y todo se oscurece, No hay rastro de presencia humana en la zona. Si el frío sigue aumentando, tal vez mi cuerpo no resista mucho tiempo. No obstante, el mandato es claro, encontrar el origen del aullido. No puedo detenerme ahora, menos cuando estoy tan cerca de conseguir lo que busco. Despierto en el interior de una cabaña ruinosa, al menos no he muerto todavía. Sobre mi atribulada cabeza, danzan en círculo los buitres, ansiosos del festín que será para ellos mi cuerpo, una vez que mi voluntad sucumba. Por el momento, sigo adelante. La mañana es fría y brumosa, el sol apenas si se asoma, tímido, tras gruesos nudos de niebla. Comienzo a ascender una pendiente. La montaña es alta y áspera, el sendero precario y escabroso. Un aroma, mezcla de almizcle y fruta, alcanza mi nariz. Me impulsa a no rendirme. Ya para entonces casi no recuerdo nada de mi vida pasada, ni que es lo que hacía antes de perderme entre los árboles, pero no me detengo, prosigo mi travesía, sin pausa. Al filo del crepúsculo, cuando estoy a punto de cruzar un estrecho desfiladero, escucho el aullido de nuevo. Su mandato es claro, seguir avanzando en aquella misma dirección. Pierdo un zapato en el cruce, pero consigo mantenerme con vida. La intensidad del aullido es más fuerte. Mi destino está cada vez más cerca. La luna emerge en el horizonte y las criaturas de la noche se preparan para ejercer su dominio sobre el bosque. Lobos, osos, coyotes, no sé qué otras fieras habiten por aquí. Sólo una cosa en mi cabeza, encontrar a la criatura que emite el aullido. ¿Querrá someterme? ¿Querrá devorarme? No tengo idea de lo que vendrá después. Continúo mi marcha un par de horas más, voy descalzo y no tengo más que una rama de abedul para defenderme de las amenazas. Mi ropa está hecha jirones y tengo frío, pero no voy a detenerme. Sigo adelante. Frente a mí aparecen unas peñas, altas, agrestes, difíciles de escalar. Entonces miro una figura que salta ágilmente entre aquellas. De pronto, se detiene en la cima de uno de las rocas, se yergue, y suelta un largo aullido hacia la luna. Es esa criatura, más feral que humana, la razón por la que he venido aquí. Aumento la velocidad, siento cómo unos arbustos se erzan y de entre sus ramas emerge un siniestro animal que comienza a acecharme, pero no importa, tengo claro mi destino, no voy a rendirme. A pesar de que siento a pocos pasos la presencia de la bestia, prosigo mi avance hacia las peñas. Donde aún puedo observar, altiva y soberbia, a la mujer silvestre que me tiene completamente hechizado. Dando un golpe certero con mi rama, hago que, entre lastimeros gruñidos, la fiera se marche. Volteo nuevamente hacia la cima de las rocas y ella ya no está. Siento el impulso de rendirme y servir de ofrenda a las bestias noctámbulas. Pero entonces, desde una densa arboleda de negros y tristes pinos, nuevamente escucho el aullido y, sin importarme el frío, sin importarme el miedo, me enfilo hacia los árboles. Corro con toda la fuerza de mis ateridos pies en esa dirección. La veo salir de entre la vegetación sombría. Admiro en ella la terrible furia del lobo, así como la belleza más sublime que haya visto en una mujer. No parpadeo ante la profunda mirada de sus ojos salvajes. Acto seguido comienza a olfatearme. La veo relamerse sus blancos y pulidos colmillos con una larga y rosada lengua, como si se aprestara a soltar una dentellada contra mi piel inerme. Me encuentro al arbitrio de una diosa brutal. Seré su presa, voy a morir. Despierto en lo más profundo de una cueva. A mi lado, sobre una densa hojarasca, yace la mujer del bosque, plácidamente dormida. En sus labios se aprecia el brillo satisfecho de un colmillo. Camino hacia la luz que se aprecia algunos metros adelante y, con lentos y confusos pasos, abandono la caverna. No me siento fatigado, pero sí sediento. Me acerco a beber el agua de un arroyo. Su imperfecto espejo me devuelve una imagen extraña. Esa criatura inhumana que veo reflejada no puedo ser yo, ¿o sí? ¿Pero quién era yo antes? y, aún más relevante: ¿Todavía importa?

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