lunes, 29 de enero de 2018

DILLAN WAKE




Dillan Wake, escuché ese nombre por primera vez cuando Timothy me dio uno de sus libros para que lo leyera. “Te va a fascinar”, me dijo aquel muchacho de maneras tímidas y andar apesadumbrado. No se equivocó, La Encrucijada es un libro único, pleno de suspenso y horror, pero más que nada, lo que impregna sus páginas es un vasto conocimiento del lado más más atroz del alma humana.
   Después de leerlo, le pregunté a Timothy si tenía más libros de Wake que pudiera prestarme. Poseía un par más: El Caminante del Río y Lluvia de Ceniza.
     Luego de recorrer librerías, bibliotecas y ferias culturales encontré el resto de su obra: dos novelas, dos volúmenes de cuentos y un breve poemario. Ya que las leí todas, la atención de mi cerebro -postrada absolutamente ante Dillan Wake-, se centró en conocer detalles de su vida, una vida hundida en el más hondo secreto.
    Dillan Wake, cuyas escasas fotos lo mostraban alto, delgado, de nariz recta, ojos azul cobalto y cabello rubio, había nacido en Carolina del Norte treinta y siete años atrás. Desde su infancia había destacado por sus dotes de orador y poeta. Había hecho estudios de literatura en Harvard y Oxford. Su primer libro, Bosque en Llamas, publicado cuando apenas tenía dieciséis años, le valió ganar varios premios estatales y nacionales, así como el aplauso de la crítica. Sin embargo, su consagración definitiva vino con La Encrucijada, publicado cuando Wake apenas estaba por cumplir veintidós años de edad.
   ¿Qué sucedió después? Dillan Wake demoró en publicar su quinta novela dos años más de lo esperado. Entregó el manuscrito a sus editores, pero cuando quisieron notificarle de múltiples cambios que pretendían realizarle al borrador, no hubo forma de localizarlo. Wake había desaparecido sin dejar rastro
      Su último libro, Abismo, es la más esotérica de sus obras, no solo en cuanto al tema, sino también en el lenguaje; resulta incomprensible para un lector promedio y pocos, muy pocos críticos han logrado sacar algo en claro de sus nebulosas páginas. La editorial inicialmente no pensaba publicarla, pero no quisieron desaprovechar el escándalo propiciado por la desaparición del autor y, así, Abismo pudo salir a la luz.
    De los sucesos que he relatado, han pasado casi diez años y Wake sigue sin aparecer. No sé en qué momento me decidí a dar nueva fase a mi obsesión y dejarlo todo, pareja, trabajo, vida, para emprender la búsqueda del enigmático autor.
    Empecé por visitar su ciudad natal, Wilmington, Carolina del Norte. No quedaba ningún pariente vivo suyo ahí, a excepción de una prima, Linda Crabtree, quien vivía en una pequeña, pero elegante casa de paredes blancas y tejas verdes, muy cerca del río. Tras negarse en un principio a brindarme cualquier información respecto al tema, mi insistencia y la sinceridad de mi propósito, la convencieron de darme una entrevista una tarde veraniega.
Dillan nunca fue como los demás. Las cosas mundanas le interesaban poco. Sus ojos parecían de hielo, ningún secreto, por más bien escondido que estuviera, podía escapar a su mirada. Y que facilidad, que maravilloso don tenía para contar historias. Cualquier acontecimiento, incluso el más trivial, renacía en sus labios convertido en una epopeya.
¿Tiene usted alguna idea de por qué desapareció, cree usted que le haya sucedido algo?
   Linda permaneció silenciosa unos instantes, con los ojos clavados en el suelo de madera.
Tuvo que sucederle algo. Su ausencia debe tener alguna razón.
Perdone, yo no quería…
   Linda cerró los ojos y suspiró.
Dillan y yo fuimos muy apegados durante la infancia. Con el tiempo he aprendido a sobrevivir sin verlo ni escucharlo. Pero apenas su recuerdo viene a mi mente, yo no puedo evitar…
    Linda, que entonces, pese a su aspecto avejentado, apenas frisaba los cuarenta, se soltó a llorar.
No puedo decirle mucho más de Dillan. Pero tengo algo que tal vez sea de su interés.
    Linda abandonó su silla y subió escaleras arriba. Aproveché la ocasión para mirar los retratos que había en la sala. En uno de ellos aparecía Wake siendo adolescente, más bajito, más delgado, pero con la misma arrogante actitud presente en los retratos que ya conocía.
   Al cabo de breves instantes, la mujer volvió, trayendo consigo un libro.
Me dio esto poco antes de que se esfumara de la faz del mundo. Está escrito en un lenguaje que yo desconozco. Pero tal vez le brinde algo, una seña, una pista, que la ayude en su búsqueda.
Muchas gracias.
No puedo decirle cuántos deseos tengo de que lo encuentre.
    Con esta frase, ella se despidió.
    El libro que Linda Crabtree me dio estaba escrito en francés, tal como ella, yo tampoco hablaba aquella lengua. Con ayuda de un diccionario, comencé a traducirlo y lo que deduje, después de haber revisado algunas páginas, es que aquel tomo estaba conformado por conjuros esotéricos, seguramente parte del material que Dillan Wake había utilizado para escribir su última obra, la cual, como ya mencioné, era de un carácter muy extraño.
     Seguía el análisis del documento, cuando de entre aquellas amarillentas páginas brotó una postal. En ella se mostraba un tranquilo lago, rodeado de sauces y fresnos, al fondo de la escena, se apreciaba una bellísima mansión afrancesada, típica del sur del país.
   Tras admirar un instante la imagen, le di la vuelta, había escrita en ella una dirección.

Furet Street, 1001 Lake Charles, Lousiana

    No podía creerlo, hallar el paradero de Dillan Wake no parecía ser una labor tan complicada como lo había imaginado. Apenas llegó la mañana, pagué la cuenta del hotel y tomé el volante.
    El camino a Lousiana me tomó dos días, pues el mal estado de mi coche me obligó a hacer paradas en Atlanta y Jackson. Llegué a Lake Charles una nublada mañana de jueves en que la lluvia amenazaba con hacerse presente. Estaba muy nerviosa ante la insólita posibilidad de encontrarme cara a cara con el admirado autor de mis novelas favoritas, pero, refrenando mis ansias, me detuve a desayunar en una modesta cafetería de las afueras de la ciudad.
    Mientras me servían café y me preparaban unos huevos con tocino, abrí el libro que me había dado la prima de Wake. Miré la postal que se hallaba entre sus páginas y le pregunté a la mesera si conocía aquella casa, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, me indicó que no, que estaba recién llegada a la ciudad, pero dijo que le preguntaría a su patrona quien llevaba toda su vida viviendo en Lake Charles.
Claro que la conozco, La Maison Larriviere, perteneció por muchas generaciones a una familia muy respetable de estos rumbos. Pero el último de sus descendientes, Laurent, un auténtico cabeza hueca, lo perdió todo gracias al alcohol y las mujeres. Tuvo que venderla hace algunos años, a un rico forastero llegado de quien sabe dónde.
¿Lo vio alguna vez?
A Laurent, claro, al pobre yo…
Me refería al forastero. ¿Lo conoce?
   La mujer permaneció un instante callada, como haciendo un esfuerzo por traer al presente la brumosa silueta de aquel individuo.
Algunas noches solía venir aquí, pero ya hace mucho que no lo veo. No era un hombre mal parecido, pero algo en él nunca me agradó. Quizás yo estuviera prejuiciada por haber sido él quien les comprara la casa a los Larriviere.
    Llegué a Furet Street sin mucha dificultad, pero encontrar el número 1001 no fue tan sencillo. A partir del número 900, la avenida, hasta entonces ancha y bien pavimentada languidecía, mientras que a sus flancos, las casas eran cada vez más frecuentemente sustituidas por pantanales y vegetación. Ya alcanzando el número 1000, perteneciente a un blanco caserón en estado ruinoso, la vía giraba hacia el sur y se convertía en un camino de terracería. A través de un puente de acero corroído, crucé un canal de aguas malolientes, enfrente de mí, se apreciaba un pequeño lago bordeado por fresnos y sauces, más allá, un macizo edificio de paredes grises y tejado verde, sostenido por anchas columnas cubiertas de hiedra venenosa.
   Al acercarme a la mansión, tuve que dejar el carro un poco lejos, pues el camino de tierra culminaba antes de llegar al lago, me percaté de que distaba mucho de tener la sublime apariencia que la fotografía que había en el interior del libro mostraba. Sus paredes estaban mohosas y en no pocos espacios brotaban de su superficie hongos y maleza. Las columnas estaban despintadas y la vegetación crecía sobre ellas sin ningún sentido estético.
    Me sentía asustada, pero haciendo acopio de fuerzas toqué el portón. Esperé ansiosa que fuera abierto, pero nada pasó. A lo largo de la tarde, volví a intentarlo varias veces, pero el resultado fue el mismo.
    Con la idea de volver al día siguiente, volví al coche, bordeando el lago a través de un estrecho pasaje erizado de juncos y arbustos espinosos que rasgaron en varias ocasiones mi pantalón.   
     Antes de encender el motor, quise ver una vez más la fotografía, para contrastarla con la notoria decadencia actual de la mansión. En eso estaba, cuando, con gran sorpresa, observé cómo, de las profundidades del lago cenagoso, salía una forma indefinible - me había quitado los anteojos para mirar más a detalle las fotografías- y, tras un instante de vacilación, abría la puerta e ingresaba, tambaleante, en el interior del viejo caserón.
    Un pavor indescriptible me hizo arrancar el auto y abandonar aquel sitio. Manejando entre bosques sombríos, no me tranquilicé hasta alcanzar las primeras luces de la ciudad.
    Abrí los ojos y distinguí, para mi calma, las amplias ventanas de la habitación de hotel que había alquilado la noche anterior. Me levanté, me miré al espejo, lucía fatal. Todos los recuerdos de lo sucedido la noche anterior se agolparon en mi cabeza. Un escalofrío recorrió mis huesos, pero mi ansia de penetrar en la vida de Dillan Wake se impuso y, tras bañarme, vestirme y desayunar en una cafetería cercana, me dirigí una vez más hacia el número 1001 de la calle Furet.
    A la luz del sol, mis temores vespertinos se hicieron brisa. Feliz recorría la campiña poblada de garzas, ranas, libélulas y mariposas, cuando, cerca del fangoso borde del lago, descubrí dos pelícanos muertos, destrozados brutalmente.
Los caimanes, pese a su apariencia estatuaria, son máquinas carniceras, nunca debe confiarse usted.
   Al escuchar aquella voz de tono profundo, volteé y, tras colocar una mano sobre los ojos para evitar ser cegada por el sol, pude observar cómo avanzaba hacia mí un hombre alto y esbelto, que pese al calor sofocante, vestía con gabardina y sombrero.
Soy Dillan Wake.
     Apenas alcancé a musitar mi nombre y mi mano tembló al estrechar la suya. Al mirarlo de cerca, distinguí su ojo derecho, mucho más azul que en las fotos. Sin embargo, el lugar donde debía encontrarse el izquierdo estaba oculto por un vendaje.
Me impresiona que hayas gastado tanto de tu tiempo en una obra de absoluta banalidad me dijo Dillan mientras tomábamos el almuerzo bajo la techumbre de un elegante cenador de columnas blancas y techo de pizarra, rodeados por el vasto jardín de La Maison Larriviere, lleno de frondosos árboles, así como de una exuberante vegetación.
Nada de tu obra es banal exclamé sin poder reprimir una sonrisa delatora es increíble cómo logras poner en evidencia la esencia maligna que habita en el interior de cada ser humano, incluso en aquellos que…
Basta por favor, esos libros me hacen sentir vergüenza de mí mismo, preferiría no volver a escuchar de ellos nunca más.
Mr. Wake ¿Cómo puede decir eso? Sus novelas tienen una legión de fanáticos lectores, Encrucijada y Lluvia de Ceniza tienen, además de ventas millonarias, el aplauso de la crítica más estricta.
   El escritor hizo la cabeza hacia atrás, mostrando en su rostro una mueca de fastidio.
Abismo es lo único trascendente que he escrito en toda mi vida, y nadie, ni siquiera sus lectores más eruditos, ha logrado entender una sola de sus páginas.
¿Por eso se apartó del mundo, porque sabía que sus lectores y críticos no llegarían a comprender nunca su obra más valiosa?
    Wake permaneció largos minutos silencioso. Al fin, en algo que era apenas poco más que un susurro, respondió:
Esa fue una razón, hay otras… Pero suficiente hemos dicho de mí. Conocer quién es usted, me interesa demasiado.
    El sol comenzaba su caída, tiñendo el cielo de dorado y púrpura. Las aves, cansadas de sus actividades diurnas, tomaban por asalto los árboles que nos rodeaban, buscando, en sus elevadas copas, refugio ante la oscuridad creciente.
    Hablábamos de mi aburrida vida en Boston, de mi olvidada familia o de cualquier cosa trivial, cuando comencé a notar en mi interlocutor una ansiedad evidente. Sus manos temblaban, su ojo visible miraba nervioso hacia todos lados. Sus dientes empezaron a castañear sin razón, pues ningún rastro de viento o de frío asomaba en aquella tarde.
¿Se siente bien, Mr. Wake?
   Dillan se paró de la mesa, como acosado ante una aparición, la cual mis ojos torpes eran incapaces de mirar.
Vuelva mañana o el día que guste,  pero, por lo que más quiera, váyase ahora.
    Recordé el extraño ente que había visto salir del lago, entonces comencé a temblar también.
¡Váyase! repitió aquel hombre atormentado, y yo, sin fuerzas ni ánimo para oponerme a su terrible advertencia, avancé de inmediato hacia la puerta de la mansión.
    Pese a que no cerré los ojos en toda la noche, volví a La Maison Larriviere apenas salió el sol. A mi llegada, Dillan Wake me recibió con efusión y amabilidad, pero algo en su rostro había cambiado. El vendaje que había mostrado el día anterior cubriéndole el ojo, ahora se extendía a prácticamente la mitad siniestra de su cara.
¿Está usted bien, Mr. Wake?
    Enseguida se palpó con la mano la zona oculta por las vendas.
Hace poco sufrí un percance. Mi piel está algo delicada, con frecuencia debo cubrirla del sol. ¿Gusta desayunar?
       La mañana, tal y como el día anterior, la pasamos en el cenador del jardín, entre trinos de aves y lectura de poesía francesa.
      Más tarde, cuando ya estábamos fatigados del calor, entramos a la casa. Contrario a su apariencia externa, la mansión seguía manteniendo mucho de su esplendor original. Un imponente candil de oro y cristal se alzaba en el centro de una sala cubierta de tapiz color verde menta; detrás, dos escalinatas gemelas conducían a la parte superior, donde se hallaba un largo pasillo, flanqueado por dos hileras de cuartos.
    Estábamos charlando, cuando, con el correr de la tarde, mi anfitrión comenzó a ponerse más y más nervioso. Al verlo así, amenazado, asustado, deduje que era el momento indicado para irme. Ya me había levantado de mi asiento, cuando comencé a sentir un dolor tremebundo en el vientre, como si mi estómago fuera traspasado por una multitud de dientes afilados.
    Ayudada por Wake caminé hacia el baño, ahí, después de descargar mi estómago, cuatro o cinco veces, me sentí un poco mejor. Al abrir la puerta, vi el sobresaltado semblante del escritor. Un profuso sudor corría sobre su frente, sus dientes castañeaban sin cesar.
¿Está mejor, señorita?
       Tras desplomarme en sus brazos, Wake me palpó la frente.
— Tiene mucha fiebre.  
     Antes de perder la conciencia, sentí cómo era transportada hacia el interior de una habitación.
    Instantes después, la voz profunda de Dillan me hizo abrir los ojos. Estaba recostada sobre una cama. La iluminación, proveniente de una lámpara ubicada sobre la mesita de noche era deprimente.
Pase lo que pase, escuche lo que escuche, no vaya a abrir esta puerta. Su vida depende de ello. En la mañana yo vendré por usted. Tan pronto las circunstancias me lo permitan, le conseguiré un doctor.
    Alcancé a mirar su rostro semicubierto y mover la cabeza de arriba abajo, antes de oír cerrarse la puerta y perderme en sueños espectrales.
    Era ya muy noche cuando abrí los ojos. Me fastidiaba la cabeza, pero el dolor en el vientre había disminuido. Entonces, escuché un ruido difuso pero persistente, como si algo o alguien quisiera entrar a mi habitación. Un agudo temblor recorrió mi espalda. Me arrebujé en las cobijas y me tapé las orejas con las manos. Para cuando, minutos después, me destapé los oídos, el extraño sonido había cesado.
    Venciendo todo rastro de temor, me puse los anteojos y encendí la luz. La casa parecía una tumba, no se escuchaba nada. Enseguida, hice a un lado las cortinas y miré por la ventana, la cual por cierto daba al pequeño lago ubicado frente a la casa. Una criatura avanzaba a grandes trancos sobre la maleza; después, con una agilidad notable para su cuerpo disforme, se sumergió en las aguas cenagosas.
    Al otro día, apenas amaneció, Dillan cumplió su promesa y fui visitada por un médico traído a toda prisa de Lake Charles.
Tiene usted suerte, señorita, la intoxicación que sufrió ya está cediendo me informó el pequeño hombrecillo de cabello cano y bigotes de aguacero.
    Recordé que la mañana anterior, antes de venir a la La Maison Larriviere había desayunado en una cafetería en que la comida no parecía muy fresca. Aquellos alimentos debían ser la causa de mi malestar.
Pero debe mantenerse en reposo absoluto, todavía se encuentra muy débil.
   Ya que el médico se retiró, Dillan Wake se acercó a reconfortarme. Noté que sus manos estaban ahora cubiertas por robustos guantes de cuero.
Puedes quedarte aquí el tiempo que necesites.
   Moviendo la cabeza débilmente, asentí.
    Dillan estaba por salir del cuarto, cuando mi mano se aferró a la manga de su gabardina.
Mr. Wake…, no me dejé aquí sola. Hay algo allá afuera… Me da mucho miedo.
    El escritor, como en los dos pasados atardeceres, comenzó a temblar.
Suélteme por favor. Hay asuntos que debo tratar.
    Poco después, gracias a los calmantes suministrados por el médico, pude dormir.
    Debía de ser media noche cuando los rasguños sobre la puerta de mi habitación me despertaron. No llegaron solos. Un alarido en el que el horror y la súplica parecían mezclarse, les hacía compañía. Como en la ocasión anterior, me arrebujé en las cobijas y me tapé los oídos, pero aquellos arañazos, aquellos gritos no cesaban de atormentarme.
     Al amanecer, la calma volvió. Apenas el primer rayo de sol entró a la habitación, me apuré a cambiarme. Aunque me sentía muy debilitada por la enfermedad, además de la falta de sueño, tomé mis cosas y en el mayor sigilo posible, me deslice hacia la salida de la mansión. En mi camino, no encontré el más mínimo rastro de Dillan Wake.
   Caminé con rapidez hasta el coche. Ya una vez en Lake Charles, en la blanca comodidad de mi cuarto de hotel, respiré muy hondo, logrando hacer que se desvaneciera la carga de terror que había soportado hasta aquel instante. En cuanto recobrara mis fuerzas y mi ánimo, volvería a Boston y no pondría pie en aquella casa maldita nunca más.
    Dos días más tarde, me sentí aliviada de mis malestares. Ya me había bañado, vestido, estaba a punto de cerrar mi cuenta y retirarme del hotel, cuando mi mirada se dirigió a Abismo, la última novela escrita por Wake, cuya cubierta púrpura asomaba de uno de los rincones de mi bolso. Atraída por una fuerza irrefrenable, comencé a leerlo.

En la densa penumbra, aun el monstruo, busca la luz.

Aquella breve frase capturó mi atención, a mi cerebro asomó de nueva cuenta la curiosidad. Breves instantes después lo decidí, aquella tarde, volvería a la mansión y resolvería el misterio que perseguía a Dillan Wake.
      Llegué a las cercanías del lago cuando el sol ya estaba decadente. El aire se sentía más fresco que los otros días y un ligero temblor se alzaba entre mis vértebras mientras avanzaba entre los sauces y los juncos. Tras hallar unos  arbustos que me facilitaban esconderme, permanecí, ahí, estática, esperando que la criatura acuática volviera a aparecer.
   El sol bajaba, el viento aumentaba su fuerza. Mis nervios no me dejaban en paz. Por un instante, tuve la tentación de correr al auto y volver a la seguridad de mi hotel, pero, entonces, la puerta de la mansión se abrió, las garzas y los patos, graznando estrepitosamente, buscaron refugio en las ramas de los árboles que rodeaban el estanque pantanoso. Apareció un hombre con casi todo el cuerpo cubierto por vendajes. Entre los escasos huecos que dejaban descubiertos los pedazos de gasa, se percibía una piel amarillenta, seca como un pergamino, acompañada de sanguinolentas pústulas. Su único ojo visible, color azul cobalto, delataba su identidad.
    Con incredulidad y angustia, miré cómo Wake, moviendo los labios como si musitara una plegaria, enfilaba hacia el lago y muy despacio iba hundiéndose hasta quedar por completo sumergido.
¡Se va a matar! dije para mis adentros, llena de horror.
   Abandoné mi escondite y me dirigí hacia el borde del lago. Estaba ya hundida hasta la cintura, cuando el agua comenzó a borbollar. A pocos metros de mí, surgió una cabeza reptiliana, con grandes ojos ambarinos y dientes como cuchillas. Me acordé de los pelícanos muertos que encontré el día de mi llegada y al instante comprendí el destino del escritor. Todavía estaba cerca de la orilla, si evitaba el pánico, tendría tiempo suficiente para escapar.
   El agua era fangosa, el monstruo se movía con agilidad inusitada para su enorme tamaño, pero, antes de sentir en mi carne sus dientes, pude alcanzar terreno firme. Pensé que el caimán o lo que fuera, al estar su presa fuera del lago, desistiría de su caza, pero, sorprendida, miré cómo lentamente iba sacando su cuerpo fuera del agua y, cómo si fuera un hombre, se alzaba sobre sus extremidades traseras y avanzaba hacia mí. De su boca salía un alarido espantoso, el mismo que escuché durante aquellas dos terribles noches, al otro lado de la puerta de mi habitación.
   Eché a correr, pero la bestia, a paso raudo, me perseguía con ferocidad. No me faltaba mucho para alcanzar la mansión, cuando al caer entre la maleza, mis gafas se hicieron trizas, complicando mi situación, pues, aunada a mi miopía, una niebla, a cada instante más densa, me permitía apenas vislumbrar los contornos de lo que yo imaginaba árboles y rocas. 
     A mis oídos llegaban, hiriendo el cielo tenebroso, los cantos de los sapos y el trinar de los chotacabras, que acompañaban, como un coro infernal, los bramidos del monstruo.
   Ocultándome detrás del tronco de un encino, pude evadir a mi perseguidor lo suficiente para que perdiera mi pista, después, al mirar hacia la izquierda, vi con alivio una estructura cuadrada que parecía indicar un cobertizo. Corrí con todas mis fuerzas para alcanzar el refugio. Podía ver muy poco de aquello que me circundaba, pero los alaridos, aunado al sonido de la vegetación que se quebraba con cada uno de sus pasos, me indicaban la cercanía del monstruo. Corrí con todas mis fuerzas y una vez que logré trancar la puerta, me sentí a salvo.
    Respiré hondo varias veces, el lugar era oscuro y maloliente. Tanteando en el piso, logré ubicar una linterna. La encendí.
   Me hallaba en una pequeña bodega repleta de sacos de grano e instrumentos de labranza oxidados. Busqué algún sitio que pudiera ser vulnerable a la embestida de la bestia que afuera proseguía en sus intentos por entrar; las paredes carecían de orificios, en el piso no había túneles. Lo que sí noté es un hueco abierto en el techo, lo bastante grande para que aquel demonio entrara.
   Tomé una pala y esperé, con los ojos fijos en el fragmento de luna que se colaba a través del tejado roto, a que llegara el amanecer, pensando que la luz obligaría al monstruo a volver a su escondite.
    Debía de ser casi media noche, cuando los gemidos y golpes cesaron. Me sentí tranquila, pero pronto se redobló mi angustia al pensar que el endriago no renunciaría a su presa.
    Así fue, poco después de haber suspendido los embates, una cabeza escamosa asomó por el hueco abierto en la techumbre. Sus alaridos -que como ya he dicho, además de amenazantes contenían algo de súplica- me hicieron temblar, pero aferré mis manos a la pala y me dispuse a utilizarla para mi defensa.
   Con movimientos mecánicos me abalancé sobre el demonio cuando éste se desprendió del tejado y se lanzó hacia mí. Una de sus garras alcanzó a herirme el brazo, pero dándole dos certeros golpes con la pala, logré hacerlo retroceder. Iba ya a retomar su ataque, cuando al agitar su cola, impactó un anaquel cubierto de pesados bultos, lo que causó que éstos se desplomaran sobre él.
   La criatura se lamentó con otro de sus espantosos alaridos. Yo, aprovechando la ventaja, abrí la puerta del cobertizo y salí corriendo, cerrando por fuera la puerta para dejarla atrapada adentro.
    Desperté en el asiento delantero de mi auto con la cabeza y las manos apoyadas en el volante. Recordé entonces que, cuando salí de la bodega, tenía la intención de alejarme de aquel lugar lo más posible, pero supuse que el cansancio y la angustia me habían vencido apenas puse pie en el vehículo.
   Mire a mi alrededor, el día era claro y caluroso, los patos graznaban con alegría y las mariposas surcaban los aires con alas color tornasol. 
   En el asiento trasero, estaba la pala que tan buenos servicios me había brindado la víspera. Saqué de la guantera mis gafas de repuesto y, respaldada por la luz y la tranquilidad que se respiraban en aquel instante, me bajé del auto y avancé hacia el cobertizo.
    La bodega seguía cerrada, tal y como yo la había dejado. Acerqué mi oído a la puerta para escuchar algo, un arañazo, un bramido, que me indicara la presencia de la bestia, sólo pude escuchar un sollozo contenido y bajo.
    Utilicé la pala, quebré la cerradura y, armada con ella y una linterna, penetré en el interior del almacén. Adentro se percibía un olor nauseabundo, mucho más fétido que la noche anterior, lo que, aunado a numerosas gotas de sangre sobre el piso de madera, me hizo suponer que el cuerpo del endriago había comenzado a descomponerse.
   Ni siquiera había pensado qué haría con mi “trofeo de caza”, cuando, rastreando el sollozo, lo ubiqué en uno de los ángulos del cobertizo, no muy lejos del sitio donde la bestia había sido derribada.
   A la luz de mi linterna surgieron las formas de un hombre o -mejor dicho- de lo que quedaba de un hombre. El ente se hallaba sentado en un rincón, con la cabeza oculta por unas manos casi descarnadas.
Yo ya no quiero más de esto…
   Al apuntar mi lámpara de mano hacia su cara distinguí el azul del ojo sano de Dillan Wake, así como una cara completamente desfigurada por la sangre y las llagas.
Pensé que la bestia lo había devorado en el pantano.
Yo soy el monstruo. Nunca debí entrometerme en cosas que no entendía.
Abismo
Estoy maldito…
    Wake, sin poder contenerse, comenzó a llorar, mezclado con su lamento, podía distinguirse el tono de súplica que formaba parte del alarido del demonio.
Yo… descubrí un mal día esos libros infernales… Al principio pensé que sólo se trataba de un juego… empecé a involucrarme con fuerzas más poderosas que yo, dominaron mi mente, mi espíritu… me hundieron en la desesperación, en la desgracia…
    De lo que pude sacar en claro de sus palabras, frases y silencios, es que el último libro de Dillan Wake era en realidad la plegaria de un antiguo culto demoniaco, reconstruida a partir de la recopilación de información de varios textos que se hallaban desde hace mucho tiempo perdidos u olvidados. Qué a partir de ello, una arcaica hechicería volvió a la vida, haciendo del escritor su esclavo. Todos los días, a la hora del crepúsculo, debía cumplir con el ritual de convertirse en monstruo y después encontrar víctimas para saciar su hambre y la del ente que dominaba su voluntad. En caso de no cumplir con estas condiciones, su carne se secaría hasta convertirlo en una momia viviente, de ahí su aspecto cada vez más decadente.
    Ese día, cuando lo encontré en el cobertizo, lo ayudé a transportarse hasta su cama en La Mansión Larriviere. Llamé a una ambulancia. Poco después, Dillan Wake fue internado en una clínica, y aunque me enteraba que día con día sus condiciones físicas y mentales se seguían deteriorando, no pude visitarlo, pues los médicos lo consideraban demasiado peligroso, tanto como por su evidente desequilibrio mental, como por la posibilidad de que su enfermedad fuera contagiosa.
   El día antes de volver a casa, quise hacer un último intento por verlo. Apenas me acerqué, noté que varios hombres armados custodiaban el lugar y lo rodeaban con una cinta amarilla. Poco después, vi sacar del edificio tres cuerpos cubiertos por sábanas salpicadas de abundantes manchas rojas. Muy pronto pude confirmar, de la boca de los empleados del sanatorio, quién era el culpable de aquel horror.
    He regresado a Boston. Prendí fuego a sus libros, me he deshecho de todas sus fotografías. Me digo que Dillan Wake y el demonio que bajo su piel habita, no me encontrarán aquí, que estoy muy lejos de su alcance. Sin embargo, el miedo no se desvanece. Me parece encontrarlo en cada sombra, en cada rincón sin luz. Ahora mismo, detrás de los pinos que se recortan contra el crepúsculo, más allá de mi ventana, creo observar sus ojos, fijos, atentos, esperando que yo cometa cualquier descuido, la más mínima imprudencia, para entonces atacar.


miércoles, 29 de noviembre de 2017

LA COMADREJA



Mi hermano está herido y no sé si llegará vivo al amanecer. La noche es fría, el refugio endeble y nuestros perseguidores pueden encontrarnos en cualquier momento. A mí, tal vez me manden a la cárcel, acusándome de traicionar el bienestar de la humanidad; a él, sin duda, lo mataran como si fuera una sabandija, un animal vil.
    Jacinto nació en una época oscura. Meses atrás, un terremoto descuajó la ciudad de sus cimientos, reduciéndola casi por entero a escombros. Pero, lo más horrible vino después, cuando de los huecos abiertos en la tierra emergieron aquellas cosas. Pequeñas y flexibles, con cuerpos oscuros, colmillos centellantes y diminutos ojos de un color rojo sangre, comenzamos a llamarlas “las comadrejas”. Estas criaturas no sólo causaban espanto por su aspecto fiero y repugnante, sino porque solían asaltar a los caminantes durante la noche y, cual si fueran seres intangibles, se introducían en sus almas tomando el control de sus cerebros.
   Se dieron muchos casos en que personas por completo normales, se convertían de un día para otro, en lunáticos que vivían ensimismados, perdidos en quiméricas ensoñaciones.  
     Pasado el tiempo, “la comadreja”, con el vientre abultado y la mirada satisfecha, abandonaba el cuerpo de su huésped, quien invariablemente moría a los pocos días de haber sido vaciado.
      Mi hermano era un niño juguetón, siempre alegre y lleno de curiosidad. Así transcurrió su vida hasta los trece años, cuando asomó la desgracia. En ese entonces vivíamos en una pequeña pero agradable casita de campo que había pertenecido en otro tiempo a mi abuelo y a la que nos habíamos mudado a raíz de los horrores del temblor. Sus ventanas eran amplias y su tejado verde.
    Vivíamos a distancia considerable de la ciudad, nunca había existido ningún avistamiento de “comadrejas” en la región, por lo que mi madre consideraba que mi hermano y yo estábamos seguros ahí. Una tarde nublada, sin embargo, ella tuvo que dejarnos solos para atender cuestiones relacionadas con la herencia que nos había dejado mi padre. Jacinto estaba jugando en el jardín, viéndolo tranquilo, me fui un momento a mi cuarto a ver televisión. Minutos más tarde escuché sus gritos.
   Cuando salí a cielo abierto, armada con una escoba y un cuchillo de cocina, lo único que pude ver fue a mi hermano contorsionándose horriblemente sobre el césped. Apenas llegué a su lado, dejé en el pasto las fastidiosas herramientas que llevaba y traté de sacudirlo, buscando a toda costa que el enemigo no se apoderara de su alma, mas todo fue inútil. La “comadreja” estaba ya en su interior. Jacinto estaba inmerso en un sueño profundo que se asemejaba de una manera pavorosa a la muerte.
    Después de largos minutos en que, llena de impotencia no pude evitar llorar, transporté al durmiente hasta su habitación, mientras que yo, meditaba en como informarle a mamá  acerca de la desgracia.
   Los siguientes días fueron sombríos. Mi madre no cesaba de reprocharme haber dejado sólo a Jacinto y éste, en estado casi cataléptico, sólo abandonaba su inmovilidad, para, como un poseso o un zombie, ir al refrigerador –generalmente a la media noche- y tomar algo de comer.
    Acudimos a varios médicos pero todos sus conocimientos y su ciencia no resultaron capaces de darnos la más mínima esperanza. Como todas las otras víctimas, mi hermano moriría cuando el huésped en su interior terminara de saciarse. 
  Sin embargo, habían pasado ya dos meses y Jacinto no sólo seguía con vida, sino que recuperaba poco a poco la movilidad y la conciencia. Un domingo por la mañana, abrió los ojos otra vez.
-       Tengo hambre.- dijo mi hermano con voz débil y, enseguida, tanto mamá como yo corrimos a abrazarlo.
    No obstante, conforme las semanas y los meses pasaron, pudimos darnos cuenta de que algo había cambiado en Jacinto.
    Sus ojos se hicieron más grandes y adquirieron una tonalidad rojiza, su cabello rubio, poco a poco fue oscureciéndose. Pudimos constatar también que sus sentidos del oído y del olfato se habían agudizado de manera asombrosa, además de que por las noches padecía extraños ataques de sonambulismo, durante los cuales caminaba a cuatro patas y dejaba escapar de su boca alaridos que a mamá y a mí nos hacían palidecer de terror.
    En un principio quisimos pensar que eran consecuencia del largo tiempo que pasó su cuerpo invadido por “la comadreja”, pero cuando avanzaron los meses y mi hermano seguía presentando los mismos extraños síntomas, decidimos visitar un especialista.
-       Es un caso sumamente interesante, único –anunció el doctor Borelli-, al parecer el organismo invasor terminó acoplándose al huésped.
-       ¿Quiere decir que mi hijo y la comadreja son ahora una misma cosa?
-       Así parece.
-       Esa bestia, ese engendro del maligno, ¡viviendo a costillas de mi hijo!
    Traté de tranquilizar la situación.
-       ¿No hay alguna manera de hacerla salir?
-       No sin causarle un daño severo al paciente.
  Volvimos a casa, resignadas. Jacinto parecía durante el día una persona normal, salvo cierta somnolencia que lo embargaba por momentos, principalmente al estar expuesto directamente a los rayos del sol. En cambio, por la noche, su actividad era incansable, subía las escaleras de arriba abajo, volteaba los muebles, se escondía bajo la alfombra. Mi madre intentaba mantenerse ecuánime y tal vez hubiera sido capaz de tolerar todas aquellas nuevas peculiaridades en el comportamiento de mi hermano. Pero, cuando una noche, tras dirigir al cielo salpicado de estrellas uno de sus horribles alaridos, Jacinto se transformó -apenas el tiempo suficiente para no creer que se trataba de una alucinación- en una peluda y flexible bestia de dimensiones humanas, ella se decidió a sacarle la “comadreja” del cuerpo, costara lo que costara.
    Mientras Jacinto sufría otro de sus ataques nocturnos de actividad febril, mi madre colocó en su comida un poderoso sedante. Sumido en sueños, no opuso ninguna resistencia para ser trasladado al hospital. Al vernos llegar, el doctor Borelli nuevamente alertó a mi madre de los riesgos de someter a mi hermano a tan peligrosa intervención.
-       Su cerebro quedará irremediablemente dañado.
-       No importa, sólo quiero que saque esa alimaña del cuerpo de mi hijo.
-       Bueno, cómo usted guste, pero antes de cualquier cosa, debe firmar aquí.
   Mi madre firmó la responsiva sin remilgos. Se acordó iniciar el procedimiento cuanto antes, pues era impredecible que reacción tendría Jacinto en cuanto los efectos del sedante tuvieran fin.
    Poco antes del amanecer, todo se encontraba listo. Mi hermano estaba acostado en una cama con electrodos conectados a la cabeza, pecho, piernas y brazos. Se le suministrarían choques eléctricos hasta hacer salir a la comadreja que vivía en su interior. El peligro más grave era que él muriera antes de que la alimaña abandonara el organismo al que se había amalgamado desde hace varios meses.
    Estábamos esperando el resultado del procedimiento –mi madre con un rosario en la mano y yo hundida en la angustia de no haber sido valiente para confrontar su decisión- cuando comenzaron a escucharse una serie de gritos espantosos, seguidos de una conmoción inenarrable. Segundos después, la puerta del área de quirófanos se abrió, y una comadreja del tamaño de un hombre, con ojos inyectados de sangre y colmillos afilados como sierras, salió de allí destruyendo todo en su enloquecida huida.

Una vez que la carnicería salió a la luz pública, el gobierno ordenó la inmediata eliminación del fugitivo, así como la prohibición de que fuera lo que fuera aquella cosa: humano o bestia, recibiera cualquier tipo de ayuda.
   Pasaron los días, yo miraba los periódicos y las noticias con angustia y temor, cuando una tarde recibí una llamada. Era Jacinto, diciéndome que se encontraba oculto en la vieja estación del ferrocarril, y que recurría a mí como su última esperanza.
    Esperé a que mi madre se durmiera, tomé las llaves del auto y salí con rumbo a la parte olvidada de la ciudad.
Esperé a que mi madre se durmiera, tomé las llaves del auto y salí con rumbo a la parte olvidada de la ciudad.
   Lo encontré en un rincón, aterido de frío y con apenas jirones de la bata del hospital cubriendo su cuerpo famélico. Cuando ya estábamos a punto de alcanzar el auto, aparecieron las luces y los rifles. Debía detenerme, estábamos rodeados.
   Una gran confusión vino después, la “comadreja” se apoderó nuevamente del cuerpo de mi hermano y su furia nos permitió un resquicio para escapar. No obstante, cuando Jacinto recuperó su forma habitual, sangraba mucho, una bala lo había alcanzado en el abdomen.

   Perdiéndonos entre los árboles y las ruinas, nos hemos mantenido a salvo. Encontramos refugio en el esqueleto de un hotel herido de muerte por el terremoto. Mi hermano, a pesar de mis intentos de auxiliarlo, sigue perdiendo sangre. Si no se detiene la hemorragia, tardará muy poco en morir. Nuestra única esperanza es la “comadreja”. Él no quiere volver a convertirse en monstruo. Yo le digo que debe llamarla, que lo importante es seguir con vida, al menos una noche más.

lunes, 6 de noviembre de 2017

ROBIN




La vi por primera vez una tarde lluviosa, estaba sentada en el rincón más remoto de un oscuro café. Era esbelta, bajita y lánguida. Su piel muy blanca, su cabello entre rojizo y castaño. Permanecía absorta en la lectura de un libro empastado en cuero. Un segundo más tarde, nuestras miradas se cruzaron –sus ojos eran negros, tan negros como los de un mirlo-, quise ofrecerle una sonrisa para mostrarle simpatía, tal vez como pretexto para iniciar una conversación, pero apenas transcurrido un segundo, ella volvió a aquella lectura, que parecía absorberla por completo.
   Yo había llegado a la ciudad tres meses antes con objeto de iniciar mis estudios universitarios. Todo aquel sitio me parecía helado y cruel. Mi cuarto era pequeño, con una cama dura y una ventana que apenas si permitía mirar a las escasas aves que cantaban sobre los cables de luz. La universidad era un arcaico edificio de ladrillo rojo, con torres góticas, que parecía ser habitado, más que por hombres por espectros atentos sólo a sus propios infortunios.
     La tarde siguiente, después de clases, volví a la cafetería, allí estaba, en el mismo rincón que en la ocasión pasada. Evitando en lo posible mirarla, pedí un café con leche, saqué un libro de mi mochila y me puse a leer. Había pasado cerca de media hora, cuando noté que se levantaba.  Cuando pasó junto a mí, alcé los ojos. Me dirigió una mirada que jamás podré olvidar.
    Durante varias noches no conseguí dormir. Su recuerdo me asaltaba apenas se cerraban mis párpados. Continué yendo al café, a la misma hora primero, después a otras distintas; pero pasaban los días y la joven del rincón parecía haberse evaporado como la lluvia al derramarse los rayos del sol sobre el pavimento.
     Sin resignarme a que mi vida retomara su grisura habitual, seguí buscándola por todos los sitios posibles, sin que nadie, ni siquiera mis pocos conocidos originarios de la ciudad, me supiera dar la más mínima seña de la joven.
    Había pasado casi un mes, cuando, volviendo nuevamente al café más por costumbre que por la esperanza de hallarla, la encontré.
   Allí estaba, en su rincón, sumida como siempre en la profunda lectura de un libro. Tras un instante en el que la sorpresa, la alegría y el pánico se entremezclaron en mi cabeza, resolví que no había más tiempo que perder, tenía que hablarle.
-       Hola.
      Ella siguió leyendo con parsimonia, después de unos segundos, alzó los ojos y respondió.
-       Hola.
-       ¿Te molesta si me siento?
-       Adelante.
     Pese a su apariencia tímida y solitaria, Robin –ese era el plumífero nombre de la chica- resultó, además de ser casi una erudita en ciencias, arte, historia y filosofía, una gran conversadora. De nuestra larga y apasionante plática se quedaron palpitando en mi mente muchas de sus frases, muchos de sus gestos, pero más que ninguna cosa, se quedaron firmemente adheridas a mi memoria las palabras “ser” y “esencia”.
   Conocí su casa algunas pocas semanas después de que comenzamos nuestra amistad. En medio de aquella ciudad de edificios grises y callejuelas húmedas, la imponente mansión me pareció un oasis portentoso.
    Lo más bello no radicaba en sus lujosos tapices y muebles, en lo elegante de sus candiles y en lo amplio de sus salones, habitaciones y pasillos, no; lo más espectacular eran sus enormes jardines colmados de flores, fuentes, glorietas y árboles frutales, todos ellos surcados por la más amplia colección de aves que haya visto jamás: ruiseñores, petirrojos, alondras, primaveras, herrerillos, arrendajos, colibríes etc…
-       ¿Vives aquí, en este enorme caserón, tu sola? – le pregunté una fresca tarde mientras conversábamos a la sombra de un pequeño kiosko.
-       Hasta hace poco vivía aquí mi padre… pero el año pasado él…
   Bruscamente, Robin interrumpió la charla. Quise ofrecerle un pañuelo, ella lo rehusó.
-       Lo siento, yo no…
-       No importa. Mi madre falleció cuando yo apenas era una criatura de brazos.
Papá en cambio, siempre estuvo ahí. Fue mi ejemplo. Gracias a él soy lo que soy. No hay porqué lamentarse de su suerte. Partió cuando debía.
   Más tarde, cuando el sol ya estaba por desaparecer tras las altas montañas alrededor del valle y el fuerte viento insinuaba la cercanía de una tormenta, Robin me pidió que la acompañara a guardar las aves, pues había llegado su momento de dormir.
       No me parecía una tarea fácil, pues estaban dispersas entre la gran cantidad de árboles que poblaba aquel edén, sin embargo, Robin comenzó a cantar una hermosa melodía. Al instante, bajó al jardín una impresionante cantidad de pájaros que la siguió dócilmente hasta un oscuro recinto situado en un rincón. En su interior, había una casi infinita cantidad de jaulas, poco a poco, los pájaros, obedeciendo al hechizo de la joven, se iban acomodando, sin la más mínima protesta, en la que le pertenecía a cada cual.
-       ¿Cómo hiciste eso? – pregunté muy sorprendido.
-       Lo aprendí de mi padre. Era un reconocido ornitólogo.

Comencé a ver a Robin todas las tardes. A partir de entonces la ciudad perdió su sombra, se hizo luminosa, resplandeciente. Retomé con entusiasmo mis estudios, las cartas a mi país redujeron su extensión y frecuencia.
    En cada visita a su casa nuestro ritual era el mismo. Apenas llegaba yo, ella mandaba al sirviente, un hombre alto y desgarbado de apellido impronunciable a preparar el té. Después, sentados bajo la sombra protectora del kiosko, hablábamos durante largas horas.
-       Los humanos, al distanciarse de la naturaleza, se han convertido en seres vacíos, sin esencia.
-       ¿Pero Robin, no crees que eres demasiado severa con el género humano? Si fuera así no habría pintores, escultores, artistas. El hombre sería casi un robot.
-       Unos pocos alcanzan a conectar con la profundidad de su ser, pero apenas por un instante, eso les permite crear, pero son totalmente incapaces de fundirse con el universo, tal y como hacían los antiguos.
-       ¿Los antiguos?
-       Los hechiceros, los nigromantes, los magos, ellos sabían cómo sacar de lo más profundo la esencia verdadera de cada individuo sin hundirse en el abismo. Tenían una noción perfecta de equilibrio.
    Al atardecer, después de guardar las aves, me despedía solemnemente de ella, sin un abrazo, sin un beso. El tono imperativo con que solía llenar cada frase, su andar majestuoso o tal vez su personalidad etérea, evitaban, por más que mi sobresaltado corazón me lo pidiera, decir o hacer algo que pudiese trastocar la castidad de nuestra relación.
    Sin embargo, apenas llegaba a mi modesta habitación y cerraba los ojos, aparecían ante mí sus cabellos cobrizos, sus labios pálidos y sus ojos insondables. La deseaba intensamente. No sabía cuánto tiempo podría yo mantener la cordura estando mi alma en tal estado de agitación.

Una tarde casi al finalizar el verano, acudí a visitar a Robin después de comer. Habíamos charlado varias horas, poco antes de que cayera la noche, el cielo comenzó a tronar y la lluvia se hizo inminente. Con premura asistí a la ceremonia del guardado de las aves y me disponía a marcharme para no ser víctima de la tormenta, cuando, sorpresivamente, asió una de mis manos.
-       ¿Piensas irte así, con la tempestad sobre nosotros?
La miré. Sus negros ojos habían alcanzado dimensiones extraordinarias y no me sugerían, me obligaban a hacer caso de sus ruegos.
-       Mejor llegar tarde que coger un resfriado, dije en tono de broma.
Robin volvió a mirarme.
-       Esta casa tiene más de veinte habitaciones. Alguna deberá ser de tu comodidad.
   ¡Me estaba pidiendo que me quedara en su santuario! Tras decir alguna torpeza, acepté.
    Pasé la noche en un cuarto cómodo y bien amueblado, pero angustiosamente sofocante. Cubierto de sudor, me levanté. Una tos áspera brotó de mi garganta, necesitaba algo de beber.
    Todavía en la penumbra de la noche, avancé a través de un largo pasillo flanqueado por habitaciones. De una de ellas brotaba una melodía, la más bella que haya escuchado jamás. Aprovechando que la puerta estaba entreabierta, me asomé para mirar.
   Robin, sentada sobre la cama, vestida sólo con una capa de plumas que apenas le cubría la espalda, cantaba apasionadamente. Yo la miraba incendiado por un fuego que me imploraba ir y fundirme en un abrazo con su cuerpo turgente y blanco, pero una rigidez sobrenatural me paralizó.
     Ya que alcanzó el punto más álgido de su melodía, se levantó y la capa se transformó en un par de alas majestuosas que al moverse en un aleteo furioso, hicieron abrirse la ventana. Bajo una luna soberbia, Robin se sumergió en la oscuridad.
       Me levanté colmado de una emoción indescriptible y mientras mi cuerpo iba poco a poco recobrando el movimiento, decidí que no podía postergarlo más, debía decirle a Robin lo mucho que la amaba.
   En el comedor de amplias ventanas y piso de mármol, encontré una taza de café y un poco de pan dulce, acompañados de una breve nota:

        
          Amigo mío:
          Que la luna te haya brindado sueños apacibles.
          Volveré al atardecer. Huye si quieres, si no lo haces,
          el momento anhelado tal vez se presente.

Una renovada alegría asomó en mi corazón. Ahora estaba seguro, ella me amaba también. Sin importarme mis estudios, ni mi departamento, ni la ciudad, me pasé la mañana entre los vastos jardines de la casa, admirando sus prados, árboles y aves, esperando que el momento de verla de nuevo llegara.
     A la una de la tarde, el tosco sirviente de apellido impronunciable me preparó el almuerzo: crema de espárragos acompañada de una ensalada con semillas y miel. Después, caí en un profundo sueño del que no desperté hasta que un rayo de sol crepuscular se abrió paso por un breve resquicio entre las cortinas.
    Mire mi reloj, Robin debía estar esperándome abajo desde hacía más de una hora. Tras ponerme los zapatos y acomodarme el pelo dejé la habitación.
    La casa estaba tan silenciosa como una jaula vacía.  Al bajar las escaleras, un escalofrío me acometió, después de detenerme un instante para respirar lento y profundo, seguí mi camino hasta el jardín.
   Lllegué al kiosko cuando el sol estaba a punto de dejar el horizonte. No la vi. Una angustia tremenda me invadió. Segundos después oí un hermoso canto, seguido de un creciente trepidar de alas.
    ¡Era ella! La alcancé en el momento en que guardaba a los últimos pájaros. Al verme, me miró con sorpresa.
-       Pensé que habías decidido marcharte.
 Corrí a sus brazos, pero, cuando intenté besarla se resistió.
-       Espera...
-       Yo necesito decirte…
    Con voz serena, pero firme, me interrumpió.
-       Aguárdame en el kiosko. No quiero que mis pájaros se escapen. Pronto podremos hablar.
    Al cabo de veinte minutos que me parecieron horas. Robin apareció vestida con un largo y vaporoso vestido blanco. Su belleza me pareció sobrenatural.
-       Sígueme.
   La acompañé hasta una capilla semi derruida que se alzaba en el extremo más lejano del jardín. Tras hacer a un lado unas matas de vegetación que lo ocultaban, ella se internó en un profundo hueco ubicado bajo el recinto.
   Unas escaleras enroscadas conducían hasta una profunda catacumba. Después de caminar por ella varios metros, llegamos a un pequeño salón lleno de anaqueles con libros y pergaminos, así como un amplio escritorio repleto de matraces, alambiques y tubos de ensaye.
-       ¿Dónde estamos?
-       Este es el laboratorio de mi padre.
-       Interesante, sumamente interesante pero yo creí que…
-       Calla, no te impacientes. No te he traído hasta aquí por nada.
   Robin, con pasos casi sordos, avanzó por la estancia hasta alcanzar un pequeño tubo de cristal lleno de un líquido azul pálido.
-       Aquí está.
-       ¿Qué es eso?
       Tras dejar escapar un suspiro, ella contestó:
-       Volvamos afuera.
    La seguí nuevamente por las empinadas escaleras que nos habían llevado abajo. Una vez al aire libre, me tomó de los hombros y me dirigió otra de sus miradas hipnóticas.
-       Mi padre descubrió de los antiguos muchos de sus secretos, pero no quiso compartirlos con el mundo, sabía que no lo entenderían. Yo… quisiera hacerte un regalo.
   Quise tomar el tubo de vidrio. Ella no me dejó hacerlo, a pesar de que me lo ofrecía.
-       Si realmente me amas, si tu ser y tu esencia están a mi altura, serás como yo.
   Robin se despojó de su vestido, mostrando a sus espaldas un par de alas inmensas, las cuales había visto ya, en lo que hasta entonces creía que había sido sólo un sueño.
-       Así, estarás conmigo para siempre. Pero si tú no…
-       Basta, basta.- le arranqué de las manos el recipiente con el líquido azul pálido y me lo bebí de un golpe. Tenía un ligero sabor azucarado. El mismo de sus labios cuando al fin la besé.

He vivido días más felices de lo que ningún mortal pudiese concebir. Su sabiduría, sus besos, su cuerpo, todo me lo ha entregado sin guardarse nada. Por las noches alzamos el vuelo y recorremos ciudades, puertos, selvas, bosques. Todo parece pequeño para nosotros.

     Los meses han pasado. Mi antigua existencia gris no me parece sino un mal sueño casi olvidado. Sin embargo, hay algo que me preocupa, Robin me parece cada día más alta, cada día más imponente. No quiero asustarme, pero cada amanecer me miro al espejo y observo mis brazos más cortos, mis piernas más delgadas. Mi nariz, antes pequeña, se ha alargado de manera notable. Ayer por la noche, descubrí que, en vez de vellos, crecían sobre mi pecho unos pequeños plumones blancos. Tal vez yo…, no quiero pensarlo, no por favor no…, pero tal vez… sí, tal vez yo…

martes, 3 de octubre de 2017

HORAS NOCTURNAS





En un lienzo sin estrellas
se acumulan pronto
las horas nocturnas

Repiquetea la lluvia
no puedo dormir
ni quiero soñar

Sobre mi cabeza
se derraman
helados goterones

Mariposa herida
-tu voz-
aún palpita

Augusta sombra
-sílfide preciosa-
luto de mi cuerpo

Ulula el búho
aletea el murciélago
los pájaros han muerto.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

PÚRPURA



En púrpura tristeza
mueren los días,
lóbrega añoranza
de un instante feliz.

Cuando amanece
no cesan las nubes,
ni rastro de luna
al crepúsculo.

Hace falta una mirada,
tersa y profunda,
falta una caricia,
eléctrica como tu risa.