lunes, 12 de octubre de 2015

ATARDECER


 
 
Mientras el sol se evapora

y las nubes se hacen migajas

busco tu piel traslúcida

constelada de canela.

 

Mi boca se estremece

anhelando probar

las olas,

la playa huidiza.

 

Cual ciclón, avanzas

destrozando mis entrañas.

No te vayas.

¡No enfrentes a las rocas sola!

 

Déjame tomar tu mano, besarla.

Acariciar tus dedos

tus ojos, tu lengua,

la raíz de tu cabello

 

La brisa nos envuelve.

¡Qué las gaviotas callen!

En el agua tibia, roja,

hundámonos.

miércoles, 7 de octubre de 2015

POE VS LOVECRAFT: DEL HORROR PSICOLÓGICO AL PAVOR CÓSMICO



Poe y Lovecraft: casi un siglo separa a estos dos escritores, unidos por la nacionalidad y la escabrosa temática de sus obras; sin embargo, más allá de estas circunstancias, ¿qué los hace similares, qué distintos?

Edgar Allan Poe (1809-1849) es heredero de la novela gótica y de E.T.A. Hoffman, de los cuales tomó muchos de sus escenarios y atmósferas; sin embargo, su gran innovación consistió en mostrarnos que lo verdaderamente siniestro no se encuentra en los fantasmas, vampiros, brujas y demás entes sobrenaturales, sino dentro de nosotros mismos, en los demonios que habitan nuestra mente.

Los protagonistas de sus cuentos casi siempre padecen algún tipo de desorden mental que acaba derrotando su voluntad y los empuja a cometer acciones monstruosas que invariablemente les conllevan culpa y castigo. Así, Egeus, obsesionado con los dientes de su prima Berenice, sucumbe al deseo de extirpárselos; el protagonista de “El corazón delator” decide asesinar a un anciano sólo por la invencible repugnancia que le provoca el ojo velado de éste; mientras que Roderick Usher, convencido de la fatalidad que dicta el destino de su estirpe, no se resuelve a ayudar a su hermana, aun sabiendo que ha sido enterrada viva y escuchando los golpes que da desde el interior de su ataúd.

Por otro lado, a pesar de que la obra de Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) no pueda entenderse sin Poe, el horror que nutre sus relatos es fundamentalmente distinto. Para el escritor de Providence, lo ominoso se encuentra bajo la forma de antiguas deidades siderales que ejercen una influencia malsana sobre los habitantes de la Tierra.

En la mitología lovecraftiana, estas criaturas dominaron nuestro planeta antes que los hombres y, pese a yacer dormidos en las profundidades del mar (La llamada de Ctuhulu)  o bajo el hielo de la Antártida (En las montañas de la locura), desean recobrar el reinado del mundo a toda costa, valiéndose para ello de individuos de mente débil a los que fácilmente puedan dominar.

El horror psicológico de Poe, con fuertes raíces góticas, es trastocado por un horror astral, muy cercano a la ciencia ficción. Lovecraft puede considerarse el iniciador del horror cósmico, pues quitó protagonismo a los monstruos tradicionales para dárselo a criaturas llegadas de más allá de las estrellas.

Con ello dio inicio a una nueva corriente de la literatura fantástica centrada en la existencia de vida extraterrestre y en los peligros que ésta representa para la humanidad.

Pero a ambos literatos no sólo los une la oscuridad de sus temas, sino también el haberse sentido ajenos, distantes del mundo que los rodeaba. Poe, con su comportamiento excéntrico y sus vicios (el alcohol y el opio), era rechazado por la sociedad puritana de Nueva Inglaterra, mientras que Lovecraft nunca pudo asimilarse a la realidad mecanizada y en constante cambio de inicios del siglo XX. Así, estos dos autores son prófugos de su situación geográfica, política y social. Edgar dirigió su mirada al pasado, hacia la magnificencia de la Europa ancestral, hacia sus castillos, sus espectros y su nobleza decadente; Howard, en cambio, proyectó su imaginación hacia los confines más remotos del planeta  y del universo, poblándolos de entidades pavorosas y ciudades de pesadilla.

Poe y Lovecraft, dos autores siempre inquietantes, a los que no se puede dejar de leer, pues narraciones y poemas son espejos que reflejan los más recónditos abismos de la mente y los demonios que la habitan.
 

lunes, 5 de octubre de 2015

HUYENDO DEL PARAÍSO


 
Antes de que el primer rastro de sol se vislumbrara en el horizonte, Isabella abandonó la suntuosa habitación en la cual estaba hospedada desde hace ocho días. Después de cerrar la puerta cautelosamente, echó un último vistazo a su bolsa de mano, para ver si todo lo necesario -pasaporte, boletos de avión, dinero- se encontraba ahí, y enseguida caminó por el pasillo hasta llegar al elevador.

   Mientras descendía los veintitrés pisos, miraba a través del cristal los cuartos de luces apagadas y puertas silenciosas, y pensaba en el contraste entre la belleza del lugar y el horror que aquellos días habían significado para ella.

   Cuando la puerta se abrió, Isabella cruzó velozmente el lobby, y tanta era su prisa que ni siquiera se dio tiempo para contestar el saludo del recepcionista soñoliento.

    Al salir a la calle, la presencia de un tono rosado en el horizonte le advirtió de la cercanía del amanecer. Los latidos de su corazón se aceleraron.      

    Había un largo trayecto hasta la avenida, por lo que todavía tendría que caminar mucho antes de encontrar un taxi.

   A su alrededor, los comercios y cafés comenzaban a tomar forma, al dar los primeros rayos de sol contra sus escaparates. Aún no había logrado salvar ni siquiera la mitad de la distancia que la separaba de la calle principal cuando comenzó a surgir en su mente el pensamiento de que la seguían.

    Se sentó bajo el follaje de una enorme ceiba para recuperar el aliento, sacó de su bolso una botellita de agua y prosiguió en su camino. Al ver a dos personas que avanzaban hacia ella, se estremeció, pero al confirmar que sólo se trataba de un par de borrachos trasnochados, le regresó la tranquilidad.

    Ya el calor había aumentado considerablemente y la oscuridad se había replegado a los rincones cuando alcanzó la avenida. Sin pérdida de tiempo, detuvo un taxi.

- Al aeropuerto.- dijo Isabella con una voz tan áspera como si hubiera tragado un montón de tierra.

   El conductor asintió y el vehículo comenzó a rodar.

    Las calles de la pequeña ciudad poco a poco iban llenándose de trabajadores, deportistas y muchachas paseando sus perros. Por más que lo intentaba, no podía alejar de ella la obsesiva idea de que, a causa de un error suyo o por obra de la fatalidad, ya había sido descubierta. Vendrían tras ella, de eso no cabía duda.

    Al ver que el taxi dejaba atrás las calles y enfilaba hacia la carretera bordeada de relucientes palmas, la opresión en su pecho disminuyó. Entonces, desfilaron por su mente sus ilusiones y esperanzas, las cuales se  hicieron añicos como un cisne de cristal apenas sus pies tocaron suelo caribeño. Revivió las humillaciones y las infamias que hicieron de su estancia en el paraíso una pesadilla atroz.

    Ya faltaba menos, quizás veinte minutos, para alcanzar el aeropuerto, sin embargo, no se sentiría segura hasta estar a bordo del avión. Al escuchar el ulular de una patrulla cada vez más cerca, Isabella casi perdió el conocimiento, pero pronto se recuperó, al constatar que los destellos roji-azules que lanzaba la sirena no iban dirigidos hacia ella, sino a un hombre que conducía a exceso de velocidad.

   Los anuncios espectaculares invitando a recorrer los atractivos turísticos del área le advirtieron de la cercanía de la torre de control, la cual pronto apareció ante el taxi, escoltada por frondosas matas de vegetación.

    Al llegar a la puerta que correspondía a su aerolínea, Isabella pagó al conductor y bajó del coche. Una vez en el interior del edificio, procedió a documentar. Al llegar su turno, el pasaporte resbaló, pero sin demora lo alzo del suelo y el incidente pasó desapercibido.

     Llegó al área de revisión, y aunque un perceptible temblor se apreciaba en sus manos, logró cruzar sin contratiempos.

   Ya en la sala de espera, se sintió un poco más tranquila y, viendo que faltaba todavía cerca de media hora para que saliera su vuelo, decidió ir por un café.

   Apenas probó un tragó, sintió que su estómago se retorcía, por lo que se levantó de la mesa y volvió a la sala de espera, donde su mirada permaneció fija largo rato en el reloj. En cualquier momento llamarían a subir al avión.

 - Pasajeros con destino a ….. favor de abordar.

Al escuchar la voz, Isabella se incorporó de su asiento y se formó en la fila. Sólo había una señora con sus dos hijos y un par de ancianos delante de ella, no tardaría mucho en alcanzar la aeronave. Se perdería en el mundo y nadie la encontraría jamás.

    Pasó la madre con sus dos críos, pasó el matrimonio de ancianos. Era su turno. Una mujer de cabello corto y ojos enmarcados en gruesas gafas le pidió su pase de abordar, el cual entregó sin demora. El estridente timbre del teléfono sobre el mostrador resonó en la estancia. La encargada no pronunció más que unas pocas palabras: “Sí señor, entendido.” Dos gendarmes hicieron acto de presencia en la sala. Isabella ni siquiera tuvo ánimos de defenderse. Se la llevaron.

 

jueves, 1 de octubre de 2015

TREINTA CUENTOS EXTRAORDINARIOS



Treinta de mis cuentos favoritos, ¿Cuántos ya leíste?

1. LIGEIA - Edgar Allan Poe
2. EL GATO NEGRO - Edgar Allan Poe
3. LA MÁSCARA DE LA MUERTE ROJA - Edgar Allan Poe
4. LA CAÍDA DE LA CASA USHER - Edgar Allan Poe
5. EL BARRIL DE AMONTILLADO - Edgar Allan Poe
6. EL INMORTAL - Jorge Luis Borges
7. EL ALEPH - Jorge Luis Borges
8. LA CASA DE ASTERIÓN- Jorge Luis Borges
9. LA ESCRITURA DEL DIOS - Jorge Luis Borges
10. EL JARDÍN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN - Jorge Luis Borges
11. LA NOCHE BOCA ARRIBA - Julio Cortázar
12. CONTINUIDAD DE LOS PARQUES - Julio Cortázar
13. EL ALMOHADÓN DE PLUMAS- Horacio Quiroga
14. A LA DERIVA - Horacio Quiroga
15. MACARIO - Juan Rulfo
16. LUVINA - Juan Rulfo
17. LA MUÑECA REINA - Carlos Fuentes
18. CHAC MOOL - Carlos Fuentes
19. LA FIESTA BRAVA - José Emilio Pacheco
20. TENGA PARA QUE SE ENTRETENGA - José Emilio Pacheco
21. LA QUINTA DE LAS CELOSÍAS - Amparo Dávila
22. EL HUESPED - Amparo Dávila
23. ENTRE TUS DEDOS HELADOS - Francisco Tario
24. BLACAMÁN EL BUENO, VENDEDOR DE MILAGROS - Gabriel García Márquez
25. EL ÚLTIMO VIAJE DEL BUQUE FANTASMA - Gabriel García Márquez
26. LA BOINA ROJA - Rogelio Sinán
27. SREDNI VASHTAR - H.H. Munro "Saki"
28. EL HORLA - Guy de Maupassant
29. LA PATA DE MONO - W.W. Jacobs
30. LA LLAMADA DE CTUHULU - H.P. Lovecraft

lunes, 28 de septiembre de 2015

OJOS COMO GOTAS DE MERCURIO


 

 Daniel pasaba todos los veranos en la casa que el tío Martín tenía junto a la playa. Era una vieja casona de dos pisos, con techo de teja, columnas en el pórtico y las paredes pintadas de un azul tan desteñido como una mañana sucia.

     Daniel gozaba de quitarse el calor chapoteando entre las olas y bebiendo agua de coco. Sin embargo, al caer el sol, su alegría se disipaba y el miedo se le incrustaba muy hondo bajo la piel de su espalda. Noche a noche, apenas abría los ojos, la sombra huía, cruzaba el umbral y se perdía en el oscuro corredor que avanzaba entre puertas paralelas. Entonces, ocultaba la cabeza bajo las sábanas y llamaba a gritos a su mamá. Pero, los años pasaron, y él se dio cuenta de que la sombra era incapaz de hacerle daño.

    Un cálido atardecer, mientras se acercaba la hora de volver a la ciudad, resolvió que, al año siguiente, cuando ya hubiese cumplido diez, seguiría a la sombra y averiguaría a dónde se dirigía después de visitarlo.

    A fines de noviembre, su madre, Catalina, sufrió un colapso nervioso mientras trabajaba en la oficina. El médico recomendó reposo absoluto y así, Daniel, junto con su madre y su tío, estaban de regreso en la casa de la playa mucho tiempo antes de que se hubiera cumplido un año. Los primeros días transcurrieron con tranquilidad. El sol y la brisa permitieron que la salud de Catalina se restableciera con rapidez. No obstante, como era habitual, la sombra estaba ahí. Daniel se decía a cada nuevo atardecer, “hoy sí la seguiré“, “hoy sí la seguiré“, pero apenas el sol se hundía en el mar, su voluntad flaqueaba y los temores renacían. Había transcurrido una semana, cuando decidió que esa sería la noche predestinada para su misión.

    Alzó los ojos cuando las letras del reloj electrónico marcaron las 2:30 de la mañana. El cuarto estaba vacío, no había ninguna presencia extraña, se sintió derrotado. Cerró los párpados un instante, los abrió otra vez. Allí estaba, detenida frente a él. Al posar su mirada en la sombra, ésta se alejó.

    Después de entrar al corredor oscuro, Daniel le perdió la pista, pero un susurro, le permitió ubicarla cerca del baño. Seguro de encontrarla, Daniel abrió la puerta y prendió la luz, pero sus ojos se llenaron de frustración al comprobar que se le había escapado. Pensaba volver a su cuarto, cuando la bombilla comenzó a tintinear, se apagó. Un escalofrío acarició la espalda de Daniel, quien dirigió su mirada al gran espejo ovalado ubicado frente a él, una fosforescencia lo iluminaba. Ella estaba ahí, pero no era ya más una silueta sin formas ni colores, sino una niña pálida, rubia, con ojos tan grises como dos gotas de mercurio. Apoyaba sus dos manos, pequeñas, finas, del otro lado del cristal. Sus labios se movieron, la luna del espejo vibró, como cuando se arroja una piedra a un estanque. A toda carrera, Daniel salió del cuarto y regresó temblando a su cama, ocultándose bajo la caricia protectora de las sábanas.

    Durante el día siguiente, se reprochó ser tan cobarde y, mientras jugaba a la pelota con el tío Martín, se prometió que esa noche descubriría el secreto de la sombra.

    El sol se hundió en el mar, los pelícanos huyeron a los árboles y una luna, tan delgada como la uña de un gato se apoderó del horizonte. Daniel se introdujo bajo las sábanas y apagó la luz, pero no cerró los ojos, permaneció insomne, aguardando a que la sombra apareciera. A la hora esperada, así sucedió, y Daniel la siguió hasta el baño.

- ¿Quién eres? -inquirió el niño.

   La criatura del espejo movía sus labios y en el cristal se formaban letras: “Búscala, la extraño”, se repitió tres veces sobre el cristal

- ¿Qué es lo que tengo que buscar? Sin que hubiera respuesta, las letras se desvanecieron, al igual que la niña de los ojos de mercurio.

    Después de desayunar un vaso de leche y algunos trozos de sandía, Daniel se puso a revisar el contenido de un librero medio desvencijado ubicado en la sala. De inmediato, llamó su atención un viejo álbum de fotografías. Pasó las hojas, varios niños aparecían juntos y, pese a las diferencias que trae consigo el tiempo pudo reconocerlos: la tía Consuelo, el tío Juan, la tía Rosaura y el tío Martín. Siguió dándole vuelta a las páginas, de pronto, sus ojos se congelaron en una imagen, una niña delgada y rubia, con los ojos tan grises como dos gotas de mercurio, miraba tímidamente hacia la cámara. En sus pequeñas manitas, sostenía una muñeca de porcelana. Daniel le llevó la fotografía a su madre, quien en ese momento estaba fuera de la casa, mirando el mar bajo una sombrilla.

- ¿Quién es ella?

- ¡Daniel, no andes jugando con esas fotos, devuélvela a su lugar!

    Ante la intransigencia de su madre, Daniel le enseñó la foto a su tío Martín.

- Es Elenita, la hija menor de la tía Rosaura. Antes de cumplir diez años, se la llevó el mar.

    Ese día, Daniel no construyó pirámides en la arena, se la pasó escudriñando el ático en busca de la muñeca. Reviso baúles, cajas, armarios hasta que el sol se ocultó. Nada. Lo llamaron a dormir, la sombra apareció frente a su rostro, Daniel no tuvo fuerzas para acudir a su cita ante el espejo.

- Prepara tus maletas, nos iremos mañana. -le anunció su madre a Daniel dos días más tarde. Catalina se encontraba restablecida casi por completo de sus males y, además, el permiso otorgado en el trabajo estaba a punto de vencerse.

   Daniel debía darse prisa si quería encontrar a la muñeca. Pasó otra vez el día en el ático, encontró muchas reliquias familiares, pero no lo que buscaba. La noche llegó. La tranquilidad que reinó durante el día se trastocó por un fuerte viento que casi descuajaba a las palmeras.

- Viene una tormenta.- exclamó el tío Martín, al tiempo fumaba.

- ¿Crees que estaremos bien? -preguntó Catalina asustada. - No te preocupes, Catita, apenas se está acercando. Para cuando llegue con toda su furia, ya estaremos lejos de aquí.

     La lluvia se hizo presente poco después, cuando Martín y Catalina ya habían apagado todas las luces de la casa.

     Daniel no podía dormir, quedaba poco tiempo para que la niña de los ojos de mercurio apareciera. No quería fallarle. Ya se acercaban las dos, cuando Daniel, sin temor a la tormenta, decidió salir, buscando que el viento refrescara sus ideas. Apenas cruzó la puerta, la lluvia le aguijoneó el cuerpo como un panal de avispas, pero no le importó. Necesitaba pensar donde más podría encontrarse la figura de porcelana. “¿Y si a alguien más, a una tía o a una prima le agrado la muñeca y decidió llevársela a su casa?” Era posible, sin embargo, Daniel no quería pensar en eso, quería creer que estaba ahí y que sí la encontraría.

     Estaba todo mojado y empanizado de arena, cuando decidió dar media vuelta. Acosado por la frustración, pateo un trozo de madera. Sonó hueco. Intrigado, Daniel se dio cuenta de que no era un fragmento, sino una cajita a la que el viento había despojado de su escondite arenoso. Con ansiedad, Daniel la abrió, la muñeca de porcelana, entre otros tantos recuerdos de Elenita se encontraba ahí, con su vestido azul cielo, sus ondulados cabellos castaños y un par de ojos tan grises como dos gotas de mercurio.

    Al filo de la hora señalada, Daniel se metió bajó las sábanas. La silueta apareció y, con la muñeca en la mano, avanzó tras ella. Afuera, el viento arreciaba y su aullido había apagado por completo los otros sonidos de la noche.

   Entró al baño, la niña se hizo visible. Daniel le mostró la muñeca. La luna del espejo se estremeció y, de entre sus olas, asomó una mano frágil, tan pálida como la corteza de la luna. Daniel iba entregarle la muñeca, cuando escuchó pasos a su espalda.

- ¡Dios mío, Daniel! ¡Aléjate de ahí! - gritó su madre llena de espanto y enseguida prendió la luz.

    En el instante en que se esfumó la oscuridad, el espejo recobró su placidez estatuaria y cualquier rastro de la niña de los ojos de mercurio se desvaneció. Catalina, víctima de la impresión, perdió el sentido, Daniel, aún con la muñeca de porcelana en las manos, no pudo hacer otra cosa que llorar.

     La mañana siguiente, apenas acabaron de desayunar, Daniel, su madre y su tío abandonaron la playa bajo una lluvia torrencial. Catalina, en grave crisis nerviosa, adjudicó los inexplicables sucesos de la noche a su estado emocional y se prometió a sí misma no volver a esa casa nunca más.

 

*****

Daniel no volvió a pasar un sólo verano de su infancia en aquella playa. No fue sino hasta muchos años después, cuando heredó la casa, que regresó. El recuerdo de la niña de los ojos de mercurio lo seguía acechando y, así, la primera noche, con la muñeca de porcelana en sus manos esperó a que la sombra apareciera. Al no verla a la hora señalada -quizás ella había perdido la costumbre de visitar su habitación-, acudió al espejo, esperando encontrarla ahí. Detrás del cristal, la niña gemía, imploraba que le entregara lo que tanto quería, pero Daniel, enceguecido y sordo por los años y la rutina, no pudo ver ni escuchar nada.

lunes, 21 de septiembre de 2015

NO ME DEJES ASÍ


 
 
No me dejes así,

atado al cordel de tu risa

bañado en la frescura de tu esencia

sabor a coco y piña.

 

¿Qué buscaré tras las montañas

sembradas de espinos

que no sea tu silueta, tu boca,

el fino hilo de tu cabellera?

 

No me dejes así,

entre la maleza seca

ajeno a tu mirada líquida

distante del tibio contacto

de tu piel oceánica

 

Asoma ya de las heladas nubes

en forma de viento, niebla y lluvia

reverdece este corazón

quebrado por la sequía

nacida de tu ausencia.

 

jueves, 17 de septiembre de 2015

NOSTALGIA DE AGUA



Nostalgia de agua

en árido cemento

sed profunda

del cristal helado

lámina reseca

olor a plástico quemado

húmedos recuerdos

edenes olvidados

palacios de piedra, estuco y sangre

sepultados bajo drenajes

costras de miseria

trenes subterráneos

gloria muerta

turquesa, oro, jade

todo perdido, enajenado:

faz oscurecida por conejos ebrios

¿Renaceremos como el sol

tras su diaria batalla con los dioses sepulcrales?

Ya desde el fondo del abismo

la sierpe de blancas plumas

asoma la cabeza

tus pacientes hijos suplican

conmueve la tierra con tu vuelo

trae la lluvia con tu sabio aliento.